Candido, o El Optimismo
V >>
Voltaire >> Candido, o El Optimismo
Pages:
1 |
2 |
3 |
4 |
5 |
6 | 7 |
8
Preocupado Candido de jubilo y sentimiento, gozoso por haber vuelto a
ver a su fiel agente, atonito de verle esclavo, rebosando en la
alegria de encontrar a su amada, palpitandole el pecho, y vacilante su
razon, se sento a la mesa con Martin, el qual sin inmutarse
contemplaba todas estas aventuras, y con otros seis extrangeros que
habian venido a pasar el carnaval a Venecia.
Cacambo, que era el copero de uno de los extrangeros, arrimandose a su
amo al fin de la comida, le dixo al oido: Senor, Vuestra Magestad
puede irse quando quisiere, que el buque esta pronto; y se fue dichas
estas palabras. Atonitos los convidados se miraban sin chistar, quando
llegandose otro sirviente a su amo, le dixo: Senor, el coche de
Vuestra Magestad esta en Padua, y el barco listo. El amo hizo una
sena, y se fue el criado. Otra vez se miraron a la cara los
convidados, y crecio el asombro. Arrimandose luego el tercer criado a
otro extrangero, le dixo: Senor, creame Vuestra Magestad, que no se
debe detener mas aqui; yo voy a disponerlo todo, y desaparecio.
Entonces no dudaron Candido ni Martin de que era mogiganga de
carnaval. El quarto criado dixo al quarto amo: Vuestra Magestad se
podra ir quando quiera, y se salio lo mismo que los demas. Otro tanto
dixo el criado quinto al quinto amo; pero el sexto se explico de muy
diferente modo con el sexto forastero, que estaba al lado de Candido,
y le dixo: A fe, Senor, que nadie quiere fiar un ochavo a Vuestra
Magestad, ni a mi tampoco, y que esta misma noche pudiera ser muy bien
que nos metieran en la carcel, y asi voy a ponerme en salvo: quedese
con Dios Vuestra Magestad.
Habiendose marchado todos los criados, se quedaron en alto silencio
Candido, Martin y los seis forasteros. Rompiole al fin Candido,
diciendo: Cierto, senores, que es donosa la burla; ?porque son todos
vms. reyes? Yo por mi declaro que ni el senor Martin ni yo lo somos.
Respondiendo entonces con mucha dignidad el amo de Cacambo, dixo en
italiano: Yo no soy un bufon; mi nombre es Acmet III; he sido gran
Sultan por espacio de muchos anos; habia destronado a mi hermano, y mi
sobrino me na destronado a mi; a mis visires les han cortado la
cabeza, y yo acabo mis dias en el serrallo viejo. Mi sobrino el gran
Sultan Mahamud me da licencia para viajar de quando en quando para
restablecer mi salud; y he venido a pasar el carnaval a Venecia.
Despues de Acmet hablo un mancebo que junto a el estaba, y dixo: Yo me
llamo Ivan, he sido emperador de toda la Rusia, y destronado en la
cuna. Mi padre y mi madre fueron encarcelados, y a mi me criaron en
una carcel. Algunas veces me dan licencia para viajar en compania de
mis alcaydes; y he venido a pasar el carnaval a Venecia.
Dixo luego el tercero: Yo soy Carlos Eduardo, rey de Inglaterra,
habiendome cedido mi padre sus derechos a la corona. He peleado por
sustentarlos; a ochocientos partidarios mios les han arrancado el
corazon, y les han sacudido con el en la cara: a mi me han tenido
preso, y ahora voy a ver al Rey mi padre a Roma, el qual ha sido
destronado asi como mi abuelo, y asi como yo; y he venido a pasar el
carnaval a Venecia.
Hablo entonces el quarto, y dixo: Yo soy rey de los Polacos; la suerte
de la guerra me ha privado de mis estados hereditarios; los mismos
contratiempos ha sufrido mi padre: me resigno a los decretos de la
Providencia, como hacen el sultan Acmet, el emperador Ivan, y el rey
Carlos Eduardo, que Dios guarde dilatados anos; y he venido a pasar el
carnaval a Venecia.
Dixo despues el quinto: Tambien yo soy rey de los Polacos, y dos veces
he perdido mi reyno; pero la Providencia me ha dado otro estado, en el
qual he hecho mas bienes que quantos han podido hacer en las riberas
del Vistula todos los reyes de la Sarmacia juntos: tambien me resigno
a los juicios de la Providencia; y he venido a pasar el carnaval a
Venecia.
Hablo por ultimo el sexto monarca, y dixo: Caballeros, yo no soy tan
gran senor como vms., mas al cabo rey he sido como el mas pintado: mi
nombre es Teodoro; fui electo rey en Corcega, me daban
_magestad,_ y ahora apenas se dignan de decirme _su merced_:
he hecho acunar moneda, y no tengo un maravedi; tenia dos secretarios
de estado, y apenas me queda un lacayo; me he visto en un trono, y he
estado mucho tiempo en Londres en una carcel acostado sobre paja; y me
rezelo que me suceda aqui lo mismo, puesto que he venido, como
Vuestras Magestades, a pasar el carnaval a Venecia.
Escucharon con magnanima compasion los otros cinco monarcas este
razonamiento, y dio cada uno veinte zequies al rey Teodoro para que
comprase vestidos y ropa blanca. Candido le regalo un brillante de dos
mil zequies. ?Quien es este particular, dixeron los cinco reyes, que
puede hacer una dadiva cien veces mas quantiosa que qualquiera de
nosotros, y que efectivamente la hace?
Al levantarse de la mesa, llegaron a la misma posada quatro Altezas
Serenisimas que tambien habian perdido sus estados por los acasos de
la guerra, y venian a pasar lo restante del carnaval a Venecia; pero
ne se informo siquiera Candido de las aventuras de los recien-venidos,
no pensando en mas que en ir a buscar a su amada Cunegunda a
Constantinopla.
CAPITULO XXVII.
_Del viage de Candido a Constantinopla._
Ya el fiel Cacambo habia concertado con el capitan turco que habia de
llevar a Constantinopla al sultan Acmet, que tomara a bordo a Candido
y a Martin; y ambos se embarcaron, habiendose postrado primero ante su
miserable Alteza. Candido en el camino decia a Martin: iCon que hemos
cenado con seis reyes destronados, y de los seis a uno he tenido que
darle tina limosna! Acaso hay otros muchos principes mas desgraciados.
Yo a la verdad no he perdido mas que cien carneros, y voy a descansar
de mis fatigas en brazos de Cunegunda. Razon tenia Panglos, amado
Martin, todo esta bien. Sea enhorabuena, dixo Martin. Increible
aventura es empero, continuo Candido, la que en Venecia nos ha
sucedido; porque nunca se ha visto ni oido cosa tal como cenar juntos
en la misma posada seis monarcas destronados. No es eso cosa mas
extraordinaria, replico Martin, que otras muchas que nos han sucedido.
Con mucha frequencia sucede que un rey sea destronado; y por lo que
respeta a la honra que hemos tenido de cenar con ellos, eso es una
friolera que ni siquiera mentarse merece.
Apenas estaba Candido en el navio, se arrojo en brazos de su criado
antiguo y su amigo Cacambo. ?Y pues, le dixo, que hace Cunegunda?
?es todavia un portento de beldad? ?me quiere aun? ?como esta? Sin
duda que le has comprado un palacio en Constantinopla. Senor mi amo,
le respondio Cacambo, Cunegunda esta fregando platos a orillas de la
Propontis, en casa de un principe que tiene poquisimos platos, porque
es esclava de un soberano antiguo llamado Ragotski, a quien da el
gran Turco tres duros diarios en su asilo; y lo peor es que ha perdido
su hermosura, y que esta horrorosa de puro fea. iAy! fea o hermosa,
dixo Candido, yo soy hombre de bien, y mi obligacion es quererla
siempre. ?Pero como se puede encontrar en tan miserable estado con el
millon de duros que tu le llevaste? Bueno esta eso, respondio
Cacambo: ?pues no tuve que dar doscientos mil al senor Don Fernando
de Ibarra, Figueroa, Mascarenas, Lampurdan y Souza, gobernador de
Buenos-Ayres, para alcanzar su licencia de traerme a Cunegunda? ?y no
nos ha robado un pirata todo quanto nos habia quedado? ?No nos ha
conducido dicho pirata al cabo de Matapan, a Milo, a Nicaria, a Samos,
a Petri, a los Dardanelos, a Marmara y a Escutari? Cunegunda y la
vieja estan sirviendo al principe que llevo dicho, y yo soy esclavo
del sultan destronado. iQuanta espantosa calamidad encadenada una con
otra! dixo Candido. Al cabo aun me quedan algunos diamantes, y con
facilidad rescatare a Cunegunda. iQue lastima es que este tan fea!
Volviendose luego a Martin, le dixo: ?Quien piensa vm. que es mas
digno de compasion, el emperador Acmet, el emperador Ivan, el rey
Carlos Eduardo, o yo? No lo se, dixo Martin, y menester fuera hallarme
dentro del pecho de vms. para saberlo. Ha, dixo Candido, si estuviera
aqui Panglos, el lo sabria, y nos lo diria. Yo no poseo, respondio
Martin, la balanza con que pesaba ese senor Panglos las miserias, y
valuaba las cuitas humanas; pero si presumo que hay en la tierra
millones de hombres mas dignos de lastima que el rey Carlos Eduardo,
el emperador Ivan, y el sultan Acmet. Bien puede ser, dixo Candido.
A pocos dias llegaron al canal del mar Negro. Candido rescato a precio
muy subido a Cacambo, y sin perder un instante se metio con sus
companeros en una galera para ir a orillas de la Propontis en demanda
de Cunegunda, por mas fea que estuviese.
Habia entre la chusma dos galeotes que remaban muy mal, y a quien el
arraez levantisco aplicaba de quando en quando sendos latigazos en las
espaldas con el rebenque. Por un movimiento natural los miro Candido
con mas atencion que a los demas forzados, arrimandose a ellos con
lastima; y en algunas facciones de sus desfigurados rostros le
parecio que se daban un poco de ayre a Panglos, y al otro desventurado
jesuita, al baron, hermano de Cunegunda. Enternecido y movido a
compasion con esta idea, los contemplo con mayor atencion, y dixo a
Cacambo: Por mi vida, que si no hubiera visto ahorcar a maese Panglos,
y no hubiera tenido la desgracia de matar al baron, creeria que son
esos que van remando en la galera.
Oyendo los nombres del baron y de Panglos, dieron un agudo grito ambos
galeotes, se pararon en el banco, y dexaron caer los remos. Al punto
se tiro a ellos el arraez, menudeando los latigazos con el rebenque.
Detengase, detengase, Senor, clamo Candido, que le dare el dinero que
me pidiere. ?Con que es Candido? decia uno de los forzados. ?Con que
es Candido? repetia el otro. ?Es sueno? decia Candido; ?estoy en esta
galera? ?estoy despierto? ?Es el senor baron a quien yo mate? ?es
maese Panglos a quien vi ahorcar? Nosotros somos, nosotros somos,
respondian a la par. ?Con que este es aquel insigne filosofo? decia
Martin. Ha, senor arraez levantisco, ?quanto quiere por el rescate del
senor baron de Tunder-ten-tronck, uno de los primeros barones del
imperio, y del senor Panglos, el metafisico mas profundo de Alemania?
Perro cristiano, respondio el arraez, una vez que esos dos perros de
galeotes cristianos son barones y metafisicos, lo qual es sin duda
un, cargo muy alto en su pais, me has de dar por ellos cincuenta mil
zequies.--Yo se los dare, senor; lleveme de un vuelo a Constantinopla,
y al punto sera satisfecho; pero no, lleveme a casa de Cunegunda. El
arraez, asi que oyo la oferta de Candido, puso la proa a la ciudad, y
hacia que remaran con mas ligereza que un paxaro sesga el ayre.
Dio Candido cien abrazos a Panglos y al baron.--?Pues como no he
muerto a vm., mi amado baron? ?y vm., mi amado Panglos, como esta vivo
habiendole ahorcado? ?y porque estan ambos en galeras en Turquia? ?Es
cierto que este mi querida hermana en esta tierra? dixo el baron. Si,
Senor, respondio Cacambo. Al fin vuelvo a ver a mi caro Candido,
exclamaba Panglos. Candido les presentaba a Martin y a Cacambo: todos
se abrazaban, todos hablaban a la par; bogaba la galera, y estaban ya
dentro del puerto. Llamaron a un. Judio a quien vendio Candido por
cincuenta mil zequies un diamante que valia cien mil, y el Judio le
juro por Abrahan, que no podia dar un ochavo mas. Incontinenti
satisfizo el rescate del baron y Panglos: este se arrojo a las plantas
de su libertador, banandolas en lagrimas; aquel le dio las gracias
baxando la cabeza, y le prometio pagarle su dinero asi que tuviese con
que. ?Pero es posible, decia, que este en Turquia mi hermana? Tan
posible, replico Cacambo, que esta fregando platos en casa de un
principe de Transilvania. Llamaron, al punto a otros Judios, vendio
Candido otros diamantes, y se partieron todos en otra galera para ir a
librar a Cunegunda.
CAPITULO XXVIII.
_Que trata de los sucesos que pasaron con Candido, Cunegunda,
Panglos y Martin._
Mil perdones pido a vm., dixo Candido al baron, mil perdones, padre
reverendisimo, de haberle pasado el cuerpo de una estocada. No
tratemos mas de eso, dixo el baron, yo confieso que me excedi un poco.
Pero una vez que desea vm. saber como me he visto en galeras, le
contare que despues que me hubo sanado de mi herida el hermano
boticario del colegio, me acometio y me hizo prisionero una partida
espanola, y me pusieron en la carcel de Buenos-Ayres, quando acababa
mi hermana de embarcarse para Europa. Pedi que me enviaran a Roma al
padre general, y me nombraron para ir a Constantinopla de capellan de
la embaxada de Francia. Habia apenas ocho dias que estaba desempenando
las obligaciones de mi empleo, quando encontre una noche a un icoglan
muy muchacho y muy lindo; y como hacia mucho calor, quiso el mozo
banarse, y yo tambien me meti con el en el bano, no sabiendo que era
delito capital en un cristiano que le hallaran desnudo con un mancebo
musulman. Un cadi me mando dar cien palos en la planta de los pies, y
me condeno a galeras; y pienso que jamas se ha cometido injusticia mas
horrorosa. Ahora querria saber porque se halla mi hermana de fregona
de un principe de Transilvania refugiado en Turquia.
?Y vm., mi amado Panglos, como es posible que le este viendo? Verdad
es, dixo Panglos, que me viste ahorcar; iban a quemarme, pero ya te
acuerdas que llovia a chaparrones quando me habian de echar a la
hoguera, y que no fue posible encender el fuego; asi que me ahorcaron,
sin exemplar, no pudiendo mas: y un cirujano que compro mi cuerpo, me
llevo a su casa, y me diseco. Primero me hizo una incision crucial
desde el ombligo hasta la clavicula. Yo estaba tan mal ahorcado, que
no podia ser mas: el executor de las sentencias de la santa
inquisicion, que era subdiacono, es verdad que quemaba las personas
con la mayor habilidad, pero no entendia cosa en materia de ahorcar:
la soga que estaba mojada apreto poco, en fin todavia estaba vivo. La
incision crucial me hizo dar un grito tan desaforado, que atemorizado
el cirujano se cayo de espaldas; y creyendo que estaba disecando a
Lucifer se escapo muerto de miedo, y se volvio a caer de la escalera
abaxo. Al estrepito acudio su muger de un quarto inmediato; y
viendome tendido en la mesa con la incision crucial, se asusto mas que
su marido, se escapo, y se cayo encima de el. Quando volvieron algo en
si, oi que decia la cirujana al cirujano: ?Quien te metio en disecar a
un herege? ?acaso no sabes que todos ellos tienen metido el diablo en
el cuerpo? me voy corriendo a llamar a un clerigo que le exorcize.
Asustado con estas palabras recogi las pocas fuerzas que me quedaban,
y me puse a gritar: Tengan lastima de mi. Al fin cobro animo el
barbero portugues, me dio unos quantos puntos en la incision, su muger
me cuido, y a cabo de quince dias estaba ya bueno. El barbero me
acomodo de lacayo de un caballero de Malta que iba a Venecia; pero no
teniendo mi amo con que mantenerme, me puse a servir a un mercader
veneciano, y le acompane a Constantinopla.
Ocurriome un dia la idea de entrar en una mezquita, donde no habia mas
que un iman viejo y una santurrona moza muy bonita, que rezaba sus
padre-nuestros: tenia descubiertos los pechos, y entre las dos tetas
un ramillete muy hermoso de tulipas, rosas, anemonas, ranunculos,
jacintos y auriculas. Cayosele el ramillete, y yo le cogi, y se le
puse con tanta cortesia como respeto. Tanto tardaba en ponersele, que
se enfado el iman; y advirtiendo que era cristiano, llamo gente.
Llevaronme a casa del cadi, que me mando dar cien varazos en los pies
y me envio a galeras, amarrandome justamente a la misma galera y al
mismo banco que el senor baron. En ella habia quatro mozos de
Marsella, cinco clerigos napolitanos, y dos frayles de Corfu, que nos
aseguraron que casi todos los dias sucedian aventuras como las
nuestras. Sustentaba el senor baron que le habian hecho mas injusticia
que a mi; y yo defendia que mucho mas permitido era volver a poner un
ramillete al pecho de una moza, que hallarse en cueros con un icoglan:
disputabamos continuamente, y nos sacudian cien latigazos al dia con
la penca, quando te conduxo a nuestra galera la cadena de los sucesos
de este universo, y nos rescataste. ?Y pues, amado Panglos, le dixo
Candido, quando se vio vm. ahorcado, disecado, molido a palos, y
remando en galeras, pensaba que todo iba perfectamente? Siempre me
estoy en mis trece, respondio Panglos; que al fin soy filosofo, y un
filosofo no se ha de desdecir, porque no se puede enganar Leibnitz,
aparte que la harmonia preestablecida, es la cosa mas linda del mundo,
no menos que el lleno y la materia sutil.
CAPITULO XXIX.
_De como topo Candido con Cunegunda y con la vieja._
Mientras se daban cuenta de sus aventuras Candido, el baron, Panglos,
Martin y Cacambo; mientras que discurrian acerca de los sucesos
contingentes o no contingentes de este mundo, que disputaban sobre los
efectos y las causas, sobre el mal moral y el mal fisico, sobre la
libertad y la necesidad, sobre los consuelos que puede recibir quien
esta en galeras en Turquia, aportaron a las playas de la Propontis,
junto a la morada del principe de Transilvania. Lo primero que se les
presento fue Cunegunda y la vieja que estaban tendiendo unas
servilletas para que se enxugasen en unas tomizas. Al ver esta escena,
se puso amarillo el baron; y el tierno y enamorado Candido
contemplando a Cunegunda toda prieta, los ojos laganosos, enxutos los
pechos, la cara arrugada, y los bazos amoratados, se hizo tres pasos
atras, y se adelanto luego por buena crianza. Abrazo Cunegunda a
Candido y a su hermano, todos abrazaron a la vieja, y Candido las
rescato a entrambas.
Habia un cortijillo en las inmediaciones, y propuso la vieja a Candido
que le comprase, interin hallaba toda la compania mejor acomodo.
Cunegunda que no sabia que estaba fea, no habiendoselo dicho nadie,
acordo sus promesas a Candido en tono tan resuelto, que no se atrevio
el pobre a replicar. Declaro pues al baron que se iba a casar con su
hermana; pero este dixo: Nunca consentire yo en semejante vileza de su
parte, y tamana osadia de la tuya, ni nunca no podran echar en cara
tal ignominia. ?Con que los hijos de mi hermana no podran entrar en
los cabildos de Alemania? No, mi hermana no se ha de casar, como no
sea con un baron del imperio. Cunegunda se postro a sus plantas, y las
bano en llanto, pero fue en balde. iFatuo, sin seso, le dixo Candido,
te he librado de galeras, he pagado tu rescate, y el de tu hermana que
estaba fregando platos, y que es fea; soy tan bueno que quiero que sea
mi muger, y todavia quieres tu estorbarmelo! Si me dexara llevar de la
ira, te matara segunda vez. Otras ciento me puedes matar, respondio el
baron, pero no te has de casar con mi hermana mientras yo viva.
CAPITULO XXX.
_Donde se da fin a la historia._
En lo interior de su corazon no tenia Candido ganas ningunas de
casarse con Cunegunda; pero la mucha insolencia del baron le determino
a acelerar las bodas, sin contar que la baronesita le apretaba tanto,
que no las podia dilatar mas. Consulto pues a Panglos, a Martin y al
fiel Cacambo. Panglos compuso una erudita memoria, probando que no
tenia el baron derecho ninguno en su hermana, y que segun todas las
leyes del imperio podia Cunegunda casarse con Candido, dandole la mano
izquierda; Martin fue de parecer de que tiraran con el baron al mar; y
Cacambo de que se le entregaran al arraez levantisco, el qual le
volveria a poner a remar a la galera, interin le enviaban al padre
general por la primera embarcacion que diese a la vela para Roma.
Parecio bien esta idea: aprobola la vieja; y sin decir palabra a
Cunegunda, se puso en execucion mediante algun dinero: teniendo asi la
satisfaccion de jugar pieza a un jesuita, y escarmentar la vanidad de
un baron aleman.
Cosa natural era pensar que despues de tantas desgracias Candido
casado con su amada, viviendo en compania del filosofo Panglos, del
filosofo Martin, del prudente Cacambo y de la vieja, y habiendo traido
tantos diamantes de la patria de los antiguos Incas, disfrutaria la
vida mas feliz; pero tanto le estafaron los Judios, que no le quedaron
mas bienes que su pobre cortijo. Su muger, que cada dia era mas fea,
se hizo de una condicion de vinagre inaguantable; y la vieja cayo
enferma, y era mas reganona, todavia que Cunegunda. Cacambo que cavaba
el huerto y llevaba a vender la hortaliza a Constantinopla, estaba
rendido de faena, y maldecia su suerte. Panglos se desesperaba, porque
no lucia su saber en alguna universidad de Alemania: solo Martin,
firmemente convencido de que en todas partes el hombre se encuentra
mal, llevaba las cosas en paciencia. Algunas veces disputaban Candido,
Martin y Panglos sobre metafisica y moral. Por las ventanas del
coitijo sovian pasar con mucha frequencia barcos cargados de efendis,
baxaes y cadies, que iban desterrados a Lemnos, Mitylene y Erzerum; y
llegar otros cadies, otros baxaes y otros efendis, que ocupaban el
lugar de los depuestos, y que lo eran ellos luego; y se vian cabezas
rellenas con mucho aseo de paja, que se llevaban de regalo a la
Sublime Puerta. Estas escenas daban materia a nuevas disertaciones; y
quando no disputaban se aburrian tanto, que la vieja se aventuro a
decirles un dia: Quisiera yo saber que es peor, ?ser violada cien
veces al dia por piratas negros, verse cortar una nalga, pasar
baquetas entre los Bulgaros, ser azotado y ahorcado en un auto de fe,
ser disecado, remar en galeras, finalmente padecer todas quantas
desventuras hemos pasado, o estar aqui sin hacer nada? Ardua es la
question, dixo Candido.
Suscito este razonamiento nuevas reflexiones; y coligio Martin que el
destino del hombre era vivir en las convulsiones de las angustias, o
en el parasismo del fastidio. Candido no se lo concedia, pero no
afirmaba nada: Panglos confesaba que toda su vida habia sido una serie
de horrorosos infortunios; pero como una vez habia sustentado que todo
estaba perfecto, seguia sustentandolo sin creerlo. Lo que acabo de
cimentar los detestables principios de Martin, de hacer titubear mas
que nunca a Candido, y de poner en confusion a Panglos, fue que un dia
vieron llegar a su cortijo a Paquita y fray Hilarion en la mas
horrenda miseria. En breve tiempo se habian comido los tres mil duros,
se habian dexado y vueltose a juntar, y vuelto a renir, habian sido
puestos en la carcel, se habian escapado, y finalmente fray Hilarion
se habia hecho Turco. Paquita seguia exercitando su oficio, pero ya no
ganaba con el para comer. Bien habia yo pronosticado, dixo Martin a
Candido, que en breve disiparian las dadivas de vm., y serian mas
miserables: vm. y Cacambo han rebosado en millones de pesos, y no son
mas afortunados que fray Hilarion y Paquita. iHa, dixo Panglos a
Paquita, con que te ha traido el cielo con nosotros! ?Sabes, pobre
muchacha, que me tienes de costa la punta de la nariz, un ojo y una
oreja? iQue mudada que estas! ivalgame Dios, lo que es este mundo!
Esta nueva aventura les dio margen a que filosofaran mas que nunca.
En la vecindad vivia un derviche que gozaba la reputacion del mejor
filosofo de Turquia.
Fueren a consultarle; hablo Panglos por los demas, y le dixo: Maestro,
venimos a rogarte que nos digas para que fue formado un animal tan
extrano como el hombre? ?Quien te mete en eso? le dixo el derviche:
?te importa para algo? Pero, reverendo padre, horribles males hay en
la tierra. ?Que hace al caso que haya bienes o que haya males? quando
envia Su Alteza un navio a Egipto, se informa de si se hallan bien o
mal los ratones que van en el? Pues que se ha de hacer? dixo Panglos.
Que te calles, respondio el derviche. Yo esperaba, dixo Panglos,
discurrir con vos acerca de las causas y los efectos, del mejor de los
mundos posibles, del origen del mal, de la naturaleza del alma, y de
la harmonia preestablecida. En respuesta les dio el derviche con la
puerta en los hocicos.
Mientras que estaban en esta conversacion, se esparcio la voz de que
acababan de ahorcar en Constantinopla a dos visires del banco y al
mufti, y de empalar a varios de sus amigos; catastrofe que metio mucha
bulla por espacia de algunas horas. Al volverse Panglos, Candido y
Martin a su cortijo ,`encontraron a un buen anciano que estaba tomando
el fresco a la puerta de su casa, baxo un emparrado de naranjos.
Panglos, que no era menos curioso que argu-mentista, le pregunto como
se llamaba el mufti que acababan de ahorcar. No lo se, respondio el
buen hombre, ni nunca he sabido el nombre de mufti ni de visir
ninguno. Ignoro absolutamente la aventura de que me hablais; presumo,
si, que generalmente los que manejan los negocios publicos perecen a
veces miserablemente, y que bien se lo merecen; pero jamas me informo
de los sucesos de Constantinopla, contentandome con enviara vender
alla las frutas del huerto que labro. Dicho esto, convido a los
extrangeros a entrar en su casa; y sus dos hijas y dos hijos les
presentaron muchas especies de sorbetes que ellos propios fabricaban,
kaimak guarnecido de cascaras de azamboa confitadas, naranjas,
limones, limas, pinas, alfonsigos, y cafe de Moka, que no estaba
mezclado con los malos cafees de Batavia y las islas de America; y
luego las dos hijas del buen musulman sahumaron las barbas de Candido,
Panglos y Martin. Sin duda que teneis, dixo Candido al Turco, una
vasta y magnifica posesion. Nada mas que veinte fanegadas de tierra,
respondio el Turco, que labro con mis hijos: y el trabajo nos libra de
tres insufribles calamidades, el aburrimiento, el vicio, y la
necesidad.
Pages:
1 |
2 |
3 |
4 |
5 |
6 | 7 |
8