Candido, o El Optimismo
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En medio de sus arrebatos se aparece un alguacil acompanado del abate
y de seis corchetes. ?Con que estos son, dixo, los dos extrangeros
sospechosos? y mando incontinenti que los ataran y los llevaran a la
carcel. No tratan de esta manera en el Dorado a los forasteros, dixo
Candido. Mas maniqueo soy que nunca, replico Martin. Pero, senor,
?adonde nos lleva vm.? dixo Candido. A un calabozo, respondio el
alguacil.
Martin, que se habia recobrado del primer sobresalto, sospecho que la
senora que se decia Cnnegunda era una buscona, el senor abate un
tunante que habia abusado del candor de Candido, y el alguacil otro
tuno de quien no era dificil desprenderse. Por no exponerse a tener
que lidiar con la justicia, y con el hipo que tenia de ver a la
verdadera Cunegunda, Candido, por consejo de Maitin, ofrecio al
alguacil tres diamantillos de tres mil duros cada uno. Ha, senor, le
dixo el hombre de vara de justicia, aunque hubiera vm. cometido todos
los delitos imaginables, seria el mas hombre de bien de este mundo.
iTres diamantes de tres mil duros cada uno! La vida perderia yo por
vm., para lue le lleve a un calabozo. Todos los extrangeros son
arrestados, pero dexelo por mi cuenta, que yo tengo mi hermano en
Diepe en la Normandia, y le llevare alla; y si tiene vm. algunos
diamantes que darle, le tratara como yo propio. ?Y porque arrestan a
todos los extranjeros? dixo Candido. El abate tomando entonces el
hilo, respondio: Porque un miserable andrajoso del pais de Atrebacia
[Footnote: Artois. Daiuieu, el que hirio a Luis XV, era natural de
Arras, capital del Artois.], que habia oido decir disparates, ha
cometido un parricidio, no como el del mes de Mayo de 1610, [Footnote:
Francisco Kavaillac mato a Henrique IV de una punalada en Mayo de
1610.] sino como el del mes de Diciembre de 1594, [Footnote: Juan
Clialel, en Diciembre de 1594, hirio a Henrique quarto; pero la herida
no fue de peligro.] y como otros muchos cometidos otros anos y otros
meses por andrajosos que habian oido decir disparates.
Entonces explico el alguacil lo que habia apuntado el abate. iQue
monstruos! exclamo Candido. ?Como se cometen tamanas atrocidades en
un pueblo que canta y bayla? ?Quando saldre yo de este pais donde
azuzan ximios a tigres? En mi pais he visto osos; solo en el Dorado he
visto hombres. En nombre de Dios, senor alguacil, lleveme vm. a
Venecia, donde aguardo a mi Cunegunda. Donde yo puedo llevar a vm., es
a la Normandia baxa, dixo el cabo de ronda. Hizole luego quitar los
grillos, dixo que se habia equivocado, despidio a sus corchetes, y se
llevo a Candido y Martin a Diepe, entregandolos a su hermano. Habia un
buque holandes pequeno al ancla; y el Normando, que con el cebo de
otros tres diamantes era el mas servicial de los mortales, embarco a
Candido y a su familia en el tal navio que iba a dar a la vela para
Portsmua en Inglaterra. No era camino para Venecia; pero Candido creyo
que salia del infierno, y estaba resuelto a dirigirse a Venecia luego
que se le presentase ocasion.
CAPITULO XXIII.
_Del arribo de Candido y Martin a la costa de Inglaterra, y de lo
que alli vieron._
iAy Panglos amigo! iay amigo Martin! iay amada Cunegunda! ilo que es
este mundo! decia Candido en el navio holandes. Cosa muy desatinada y
muy abominable, respondio Martin.--Vm. ha estado en Inglaterra: ?son
tan locos como en Francia?--Es locura de otra especie, dixo Martin; ya
sabe vm. que ambas naciones estan en guerra por algunas aranzadas de
nieve en el Canada, y por tan discreta guerra gastan mucho mas que lo
que todo el Canada vale. Decir a vm. a punto fixo en qual de los dos
paises hay mas locos de atar, mis cortas luces no alcanzan a tanto; lo
que si se, es que en el pais que vamos a ver son locos atrabiliosos.
Diciendo esto aportaron a Portsmua: la orilla del mar estaba cubierta
de gente que miraba con atencion a un hombre gordo [El almirante
Byng], hincado de rodillas, y vendados los ojos, en el combes de uno
de los navios de la esquadra. Quatro soldados formados en frente le
tiraron cada uno tres balas a la mollera con el mayor sosiego, y toda
la asamblea se fue muy satisfecha. ?Que quiere decir esto? dixo
Candido: ?que perverso demonio reyna en todas partes? Pregunto quien
era aquel hombre gordo que acababan de matar con tanta solemnidad. Un
almirante, le dixeron.--?Y porque han muerto a ese almirante?--Porque
no
ha hecho matar bastante gente; ha dado una batalla a un
almirante frances, y hemos fallado que no estaba bastante cerca del
enemigo. Pues el almirante frances tan lejos estaba del ingles como
este del frances, replico Candido. Sin disputa, le dixeron; pero en
esta tierra es conveniente matar de quando en quando algun almirante
para dar mas animo a los otros.
Tanto se irrito y se pasmo Candido con lo que oia y lo que via, que no
quiso siquiera poner pie en tierra, y se ajusto con el patron
holandes, a riesgo de que le robara como el de Surinam, para que le
conduxera sin mas tardanza a Venecia. A cabo de dos dias estuvo listo
el patron. Costearon la Francia, pasaron a vista de Lisboa, y se
estremecio Candido; desembocaron por el estrecho en el Mediterraneo,
y finalmente aportaron a Venecia. Bendito sea Dios, dixo Candido
dando un abrazo a Martin, que aqui vere a la hermosa Cunegunda. Con
Cacambo cuento lo mismo que conmigo propio. Todo esta bien, todo va
bien y lo mejor que es posible.
CAPITULO XXIV.
_Que trata de fray Hilarion y de Paquita._
Luego que llego a Venecia, se echo a buscar a Cacambo en todas las
posadas, en todos los cafes, y en casa de todas las mozas de vida
alegre; pero no le fue posible dar con el. Todos los dias iba a
informarse de todos los navios y barcos, y nadie sabia de Cacambo.
iCon que he tenido yo lugar, le decia a Martin, para pasar de Surinam
a Burdeos, para ir de Burdeos a Paris, de Paris a Diepe, de Diepea
Portsmua, para costear a Portugal y a Espana, para atravesar todo el
Mediterraneo, y pasar algunos meses en Venecia, y aun no ha llegado la
hermosa Cunegunda, y en su lugar he topado una buscona y un abate!
Sin duda es muerta Cunegunda, y a mi no me queda mas remedio que
morir. iHa, quanto mas hubiera valido quedarme en aquel paraiso
terrenal del Dorado, que volver a esta maldita Europa! Razon tiene
vm., amado Martin; todo es mera ilusion y calamidad.
Acometiole una negra melancolia, y no fue ni a la opera a la moda, ni
a las demas diversiones del carnaval, ni hubo dama que le causara la
mas leve tentacion. Dixole Martin: iQue sencillo es vm., si se figura
que un criado mestizo, que lleva un millon de duros en la faltriquera,
ira a buscar a su amada al fin del mundo, y a traersela a Venecia; la
guardara para si, si la encuentra, y si no, tomara otra: aconsejo a
vm. que se olvide de Cacambo y de su Cunegunda. Martin no era hombre
que daba consuelos. Crecia la melancolia de Candido, y Martin no se
hartaba de probarle que eran muy raras la virtud y la felicidad sobre
la tierra, excepto acaso en el Dorado, donde ninguno podia entrar.
Sobre esta importante materia disputaban, mientras venia Cunegunda,
quando reparo Candido en un frayle Francisco mozo, que se paseaba por
la plaza de San Marcos, llevando del brazo a una moza. El Franciscano
era robusto, fuerte, y de buenos colores, los ojos brillantes, la
cabeza erguida, el continente reposado, y el paso sereno; la moza, que
era muy linda, iba cantando, y miraba con enamorados ojos a su
diaguino, el qual de quando en quando le pasaba la mano por la cara.
Me confesara vm. a lo menos, dixo Candido a Martin, que estos dos son
dichosos. Menos en el Dorado, no he encontrado hasta ahora en el mundo
habitable mas que desventurados; pero apuesto a que esa moza y ese
frayle son felicisimas criaturas. Yo apuesto a que no, dixo Martin.
Convidemoslos a comer, dixo Candido, y veremos si me equivoco.
Acercose a ellos, hizoles una reverencia, y los convido a su posada a
comer macarrones, perdices de Lombardia, huevos de sollo, y a teber
vino de Montepulciano y _lacrima-cristi_, Chipre y Samos.
Sonrojose la mozuela; admitio el Franciscano el convite, y le siguio
la muchacha mirando a Candido pasmada y confusa, y vertiendo algunas
lagrimas. Apenas entro la mozuela en el aposento de Candido, le dixo:
?Pues que, ya no conoce el senor Candido a Paquita? Candido que oyo
estas palabras, y que hasta entonces no la habia mirado con atencion,
porque solo en Cunegunda pensaba, le dixo: iHa, pobre chica! ?con que
tu eres la que puso al doctor Panglos en el lindo estado en que le vi?
iAy, senor! yo propia soy, dixo Paquita; ya veo que esta vm. informado
de todo. Supe las desgracias horrorosas que sucedieron a la senora
baronesa y a la hermosa Cunegunda, y jurole a vm. que no ha sido menos
adversa mi estrella. Quando vm. me vio era yo una inocente; y un
capuchino, que era mi confesor, me engano con mucha facilidad: las
resultas fueron horribles, y me vi precisada a salir de la quinta,
poco despues que le echo a vm. el senor baron a patadas en el trasero.
Si no hubiera tenido lastima de mi un, medico famoso, me hubiera
muerto; por agradecerselo, fui un poco de tiempo la querida del tal
medico: y su muger, que estaba endiablada de zelos, me aporreaba sin
misericordia todos los dias. Era ella una furia, el mas feo el de los
hombres, y yo la mas sin ventura de las mugeres, aporreada sin cesar
por un hombre a quien no podia ver. Bien sabe vm., senor, los peligros
que corre una muger vinagre que lo es de un medico: aburrido el mio de
los rompimientos de cabeza de su muger, un dia para curarla de un
resfriado le administro un remedio tan eficaz, que en menos de dos
horas se murio en horrendas convulsiones. Los parientes de la difunta
formaron causa criminal al doctor, el qual se escapo, y a mi me
metieron en la carcel; y si no hubiera sido algo bonita, DO me hubiera
sacado a salvamento mi inocencia. El juez me declaro libre, con la
condicion de ser el sucesor del medico; y muy en breve me sustituyo
otra, y fui despedida sin darme un quarto, y forzada a emprender este
abominable oficio, que a vosotros los hombres os parece tan gustoso,
y que para nosotras es un pielago de desventuras. Vineme a exercitar
mi profesion a Venecia. Ha, senor, si se figurara vm. que cosa tan
inaguantable es halagar sin diferencia al negociante viejo, al
letrado, al frayle, al gondolero, y al abate; estar expuesta a tanto
insulto, a tantos malos tratamientos; verse a cada paso obligada a
pedir prestado un guardapesillo para que se le remangue a una un
hombre asqueroso; robada por este de lo que ha ganado con aquel,
estafada por los alguaciles, y sin tener otra perspectiva que una
horrible vejez, un hospital y un muladar, confesaria que soy la mas
malbadada criatura de este mundo. Asi descubria Paquita su corazon al
buen Candido, en su gabinete, a presencia de Martin, el qual dixo: Ya
llevo ganada, como vm. ve, la mitad de la apuesta.
Habiase quedado fray Hilarion en la sala de comer, bebiendo un trago
mientras servian la comida. Candido le dixo a Paquita: Pues si
parecias tan alegre y tan contenta quando te encontre; si cantabas y
halagabas al diaguino con tanta naturalidad, que te tuve por tan feliz
como dices que eres desdichada. Ha, senor, respondio Paquita, esa es
otra de las lacras de nuestro oficio. Ayer me robo y me aporreo un
oficial, y hoy tengo que fingir que estoy alegre para agradar a un
frayle.
No quiso Candido oir mas, y confeso que Martin tenia razon. Sentaronse
luego a la mesa con Paquita y el frayle Francisco; fue bastante alegre
la comida, y de sobremesa hablaron con alguna confianza. Dixole
Candido al frayle: Pareceme, padre, que disfruta Vuestra Reverencia
de una suerte envidiable. En su semblante brilla la salud y la
robustez, su fisonomia indica el bien-estar, tiene una muy linda moza
para su recreo, y me parece muy satisfecho con su habito de diaguino.
Por Dios santo, caballero, respondio fray Hilarion, que quisiera que
todos los Franciscanos estuvieran en el quinto infierno, y que mil
veces me han dado tentaciones de pegar fuego al convento, y de
hacerme Turco. Quando tenia quince anos, mis padres, por dexar mas
caudal a un maldito hermano mayor (condenado el sea), me obligaron a
tomar este execrable habito. El convento es un nido de zelos, de
rencillas y de desesperacion. Verdad es que por algunas malas
misiones de quaresma que he predicado, me han dado algunos quartos,
que la mitad me ha robado el guardian: lo restante me sirve para
mantener mozas; pero quando por la noche entro en mi celda, me dan
impulsos de romperme la cabeza contra las paredes, y lo mismo sucede a
todos los demas religiosos.
Volviendose entonces Martin a Candido con su acostumbrado relente, le
dixo: ?Que tal? ?he ganado, o no, la apuesta? Candido regalo dos mil
duros a Paquita, y mil a fray Hilarion. Yo fio, dixo, que con este
dinero seran felices.
Pues yo fio lo contrario, dixo Martin, que con esos miles los hara vm.
mas infelices todavia. Sea lo que fuere, dixo Candido, un consuelo
tengo, y es que a veces encuentra uno gentes que creia no encontrar
nunca; y muy bien, podra suceder que despues de haber topado a mi
carnero encarnado y a Paquita, me halle un dia de manos a boca con
Cunegunda. Mucho deseo, dixo Martin, que sea para la mayor felicidad
de vm.; pero se me hace muy cuesta arriba. Malas creederas tiene vm.,
respondio Candido. Consiste en que he vivido mucho, replico Martin.
?Pues no ve vm. esos gondoleros, dixo Candido, que no cesan de cantar?
Pero no los ve vm. en su casa con sus mugeres y sus chiquillos, repuso
Martin. Sus pesadumbres tiene el Dux, y los gondoleros las suyas.
Verdad es que pesandolo todo, mas feliz suerte que la del Dux es la
del gondolero; pero es tan poca la diferencia, que no merece la pena
de un detenido examen. Me han hablado, dixo Candido, del senador
Pococurante, que vive en ese suntuoso palacio situado sobre el Brenta,
y que agasaja mucho a los forasteros; y dicen que es un hombre que
nunca ha sabido que cosa sea tener pesadumbre. Mucho diera por ver un
ente tan raro, dixo Martin. Sin mas dilacion mando Candido a pedir
licencia al senor Pococurante para hacerle una visita el dia
siguiente.
CAPITULO XXV.
_Que da cuenta de la visita que hicieron Martin y Candido al senor
Pococurante, noble veneciano._
Emarcaronse Candido y Martin en una gondola, y fueron por el Brenta al
palacio del noble Pococurante. Los jardines eran amenos y ornados con
hermosas estatuas de marmol, el palacio de magnifica fabrica, y el
dueno un hombre como de sesenta anos, y muy rico. Recibio a los dos
curiosos forasteros con mucha urbanidad, pero sin mucho cumplimiento;
cosa que intimido a Candido, y no le parecio mal a Martin.
Al instante dos muchachas bonitas y muy aseadas sirvieron el
chocolate: Candido no pudo menos de elogiar sus gracias y su
hermosura. No son malas chicas, dixo el senador; algunas veces mando
que duerman conmigo, porque estoy aburrido de las senoras del pueblo,
de su retrecheria, sus zelos, sus contiendas, su mal genio, sus
nimiedades, su vanidad, sus tonterias, y mas aun de los sonetos que
tiene uno que hacer o mandar hacer en elogio suyo: mas con todo ya
empiezan a fastidiarme estas muchachas.
Despues de almorzar, se fueron a pasear a una espaciosa galeria, y
pasmado Candido de la hermosura de las pinturas, pregunto de que
maestro eran las dos primeras. Son de Rafael, dixo el senador, y las
compre muy caras por vanidad, algunos anos ha; dicen que son la cosa
mas hermosa que tiene Italia, pero a mi no me gustan: los colores son
muy denegridos, las figuras no estan bien perfiladas, ni salen lo
bastante del plano; los ropages no se parecen en nada a la ropa de
vestir; y en una palabra, digan lo que quisieren, yo no alcanzo a ver
aqui una feliz imitacion de la naturaleza, y no dare mi aprobacion a
un quadro hasta que me retrate la propia naturaleza; pero no los hay
de esta especie. Yo tengo muchos, pero no miro a uno siquiera.
Pococurante, antes de comer, mando que le dieran un concierto: la
musica le parecio deliciosa a Candido. Bien puede este estruendo,
dixo Pococurante, divertir cosa de media hora; pero quando dura mas, a
todo el mundo cansa, puesto que nadie se atreve a confesarlo. La
musica del dia no es otra cosa que el arte de executar cosas
dificultosas, y lo que no es mas que dificil no gusta mucho tiempo.
Mas me agradaria la opera, si no hubieran atinado con el arte de
convertirla en un monstruo que me repugna. Vaya quien quisiere a ver
malas tragedias en musica, cuyas escenas no paran en mas que en traer
al estricote dos o tres ridiculas coplas donde lucen los gorgeos de
una cantarina; saboreese otro en oir a un tiple tararear el papel de
Cesar o Caton, y pasearse en afeminados pasos por las tablas: yo por
mi, muchos anos hace que no veo semejantes majaderias de que tanto
se ufana hoy la Italia, y que tan caras pagan los soberanos
extrangeros. Candido contradixo un poco, pero con prudencia; y Martin
fue en todo del dictamen del senador.
Sentaronse a la mesa, y despues de una opipara comida entraron en la
biblioteca. Candido que vio un Homero magnificamente enquadernado,
alabo mucho el fino gusto de Su Ilustrisima. Este es el libro, dixo,
que era las delicias de Panglos, el mejor filosofo de Alemania. Pues
no es las mias, dixo con mucha frialdad Pococurante: en otro tiempo me
habian hecho creer que tenia mucho gusto en leerle; pero la repeticion
no interrumpida de batallas que todas son parecidas, aquellos Dioses
siempre en accion, y que nunca hacen cosa ninguna decisiva; aquella
Helena, causa de la guerra, y que apenas tiene accion en el poema;
aquella Troya siempre sitiada, y nunca tomada: todo esto me causaba un
fastidio mortal. Algunas veces he preguntado a varios hombres doctos
si los aburria esta lectura tanto como a mi; y todos los que hablaban
sinceramente me han confesado que se les caia el libro de las manos,
pero que era indispensable tenerle en su biblioteca, como un
monumento de la antiguedad, o como una medalla enmohecida que no es ya
materia de comercio.
No piensa asi Vueselencia de Virgilio, dixo Candido. Convengo, dixo
Pococurante, en que el segundo, el quarto y el sexto libro de su
Eneyda son excelentes; mas por lo que hace a su pio Eneas, al fuerte
Cloanto, al amigo Acates, al nino Ascanio, al tonto del rey Latino, a
la zafia Amata, y a la insulsa Lavinia, creo que no hay cosa mas fria
ni mas desagradable: y mas me gusta el Taso, y las novelas para
arrullar criaturas del Ariosto.
?Me hara Su Excelencia el gusto de decirme, repuso Candido, si no le
tiene muy grande en la lectura de Horacio? Maximas hay en el, dixo
Pococurante, que pueden ser utiles a un hombre de mundo, y que
reducidas a energicos versos se graban con facilidad en la memoria;
pero no me curo ni de su viage a Brindis, ni de su descripcion de una
mala comida, ni de la disputa digna de unos mozos de esquina entre no
se que Rupilo, cuyas razones, dice, _estaban llenas de podre_, y
las de su contrincante _llenas de vinagre_. Sus groseros versos
contra viejas y hechiceras los he leido con mucho asco; y no veo que
merito tiene decir a su amigo Mecenas, que si le pone en el catalogo
de poetas liricos, tocara a los astros con su erguida frente. A los
tontos todo los maravilla en un autor apreciado; pero yo, que leo para
mi solo, no apruebo mas que lo que me da gusto. Candido, que se habia
criado no juzgando de nada por si propio, estaba muy atonito con todo
quanto oia; y a Martin le parecia el modo de pensar de Pococurante muy
conforme a razon.
iHa! aqui hay un Ciceron, dixo Candido: sin duda no se cansa
Vueselencia de leerle. Nunca le leo, respondio el Veneciano. ?Que
tengo yo con que haya defendido a Rabirio o a Cluencio? Sobrados
pleytos tengo sin esos que fallar. Mas me hubieran agradado sus obras
filosoficas; pero quando he visto que de todo dudaba, he inferido que
lo mismo sabia yo que el, y que para ser ignorante a nadie necesitaba.
iHola! ochenta tomos de la academia de ciencias; algo bueno podra
haber en ellos, exclamo Martin. Si que lo habria, dixo Pococurante, si
uno de los autores de ese farrago hubiese inventado siquiera el arte
de hacer alfileres; pero en todos esos libros no se hallan mas que
sistemas vanos, y ninguna cosa util.
iQuantas composiciones teatrales estoy viendo, dixo Candido, en
italiano, en castellano y en frances! Asi es verdad, dixo el senador;
de tres mil pasan, y no hay treinta buenas. Lo que es esas
recopilaciones de sermones que todos juntos no equivalen a una pagina
de Seneca, y todos esos librotes de teologia, ya se presumen vms. que
no los abro nunca, ni yo ni nadie.
Reparo Martin en unos estantes cargados de libros ingleses. Bien creo,
dixo, que un republicano se recrea con la mayor parte de estas obras
con tanta libertad escritas. Si, respondio Pococurante, bella cosa es
escribir lo que se siente; que es la prerogativa del hombre. En
nuestra Italia toda solo se escribe lo que no se siente, y no son
osados los moradores de la patria de los Cesares y los Antoninos a
concebir una idea sin la venia de un Dominico. Mucho me contentaria la
libertad que a los ingenios ingleses inspira, si no estragaran la
pasion y el espiritu de partido quantas dotes apreciables aquella
tiene.
Reparando Candido en un Milton, le pregunto si tenia por un hombre
sublime a este autor. ?A quien? dixo Pococurante: ?a ese barbaro que
en diez libros de duros versos ha hecho un prolixo comento del
Genesis? ?a ese zafio imitador de los Griegos, que desfigura la
creacion, y mientras que pinta Moises al eterno Ser criando el mundo
por su palabra, hace que coja el Mesias en un armario del cielo un
inmenso compas para trazar su obra? iYo, estimar a quien ha echado a
perder el infierno y el diablo del Taso; a quien disfraza a Lucifer,
unas veces de sapo, otras de pigmeo, le hace repetir cien veces las
mismas razones, y disputar sobre teologia; a quien imitando seriamente
la comica invencion de las armas de fuego del Ariosto, representa a
los diablos tirando canonazos en el cielo! Ni yo, ni nadie en Italia
ha podido gustar de todas esas tristes extravagancias. Las bodas del
Pecado y la Muerte, y las culebras que pare el Pecado provocan a
vomitar a todo hombre de gusto algo delicado; y su prolixa descripcion
de un hospital solo para un enterrador es buena. Este poema obscuro,
estrambotico y repugnante, fue despreciado en su cuna, y yo le trato
hoy como le trataron en su patria sus coetaneos. Por lo demas, yo digo
mi dictamen sin curarme de si los demas piensan como yo. Candido
estaba muy afligido con estas razones, porque respetaba a Homero, y no
le desagradaba Milton. iAy! dixo en voz baxa a Martin, mucho me temo
que profese este hombre un profundo desprecio a nuestros poetas
tudescos. Poco inconveniente seria, replico Martin. iO que hombre tan
superior, decia entre dientes Candido, que ingenio tan divino este
Pococurante! ninguna cosa le agrada.
Hecho el escrutinio de todos los libros, baxaron al jardin, y Candido
alabo mucho todas sus preciosidades. No hay una cosa de peor gusto,
dixo Pococurante, aqui no tenemos otra cosa que fruslerias; bien es
que manana voy a disponer que me planten otro por un estilo mas noble.
Despidieronse en fin ambos curiosos de Su Excelencia, y al volverse a
su casa dixo Candido a Martin: Confiese vm. que el senor Pococurante
es el mas feliz de los humanos, porque es un hombre superior a todo
quanto tiene.
?Pues no considera vm., dixo Martin, que esta aburrido de quanto
tiene? Mucho tiempo ha que dixo Platon que no son los mejores
estomagos los que vomitan todos los alimentos. ?Pero no es un gusto,
respondio Candido, criticarlo todo, y hallar defectos donde los demas
solo perfecciones encuentran? Eso es lo mismo, replico Martin, que
decir que es mucho gusto no tener gustos. Segun eso, dixo Candido, no
hay otro hombre feliz que yo, quando vuelva a ver a mi Cunegunda.
Buena cosa es la esperanza, respondio Martin.
Corrian en tanto los dias y las semanas, y Cacambo no parecia, y
estaba Candido tan sumido en su pesadumbre, que ni siquiera noto que
no habian venido a darle las gracias fray Hilarion ni Paquita.
CAPITULO XXVI.
_Que da cuenta de como Candido y Martin cenaron con unos
extranjeros, y quien eran estos._
Un dia, yendo Candido y Martin a sentarse a la mesa con los forasteros
alojados en su misma posada, se acerco por detras al primero uno que
tenia una cara de color de hollin de chimenca, el qual, agarrandole
del brazo, le dixo: Dispongase vm. a venirse con nosotros, y no se
descuide. Vuelve Candido el rostro, conoce a Cacambo; solo la vista de
Cunegunda le hubiera podido causar mas extraneza y mas contento. Poco
le falto para volverse loco de alegria; y dando mil abrazos a su caro
amigo, le dixo: ?Con que sin duda esta contigo Cunegunda? ?donde esta?
llevame a verla, y a morir de gozo a sus plantas. Cunegunda no esta
aqui, dixo Cacambo, que esta en Constantinopla.--iDios mio, en
Constantinopla! pero aunque estuviera en la China, voy alla volando:
vamos. Despues de cenar nos iremos, respondio Cacambo: no puedo decir
a vm. mas, que soy esclavo, y me esta esperando mi amo, y asi es
menester que le vaya a servir a la mesa: no diga vm. una palabra;
cene, y este aparejado.
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