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Annual Bibliography of Commonwealth Literature 2007
This paper argues that discourses of love in Ghanaian market literature for youth offer a view into complex negotiations of agency and empowerment. Drawing on Deborah Durham's notion of youth as "social `shifters'" and Francis Nyamnjoh's conception of the "interconnectedness" of agency, I take Ghanaian market literature as one specific case of how African literature for youth foregrounds questions of continuity and change as African societies enter into increasingly complex global relations. In this literature for youth, received notions of love, often constructed out of impressions from American pop and hip hop music, carry new notions of agency that compete with existing "domesticated" forms. Authors like Ike Tandoh and Evelyn Tay employ discourses of love to offer youth alternative avenues for empowerment in a context of socio-economic disenfranchizement. In a creative process of "straddling", this writing both reveals and reproduces the contradictions that obtain in youth configurations of agency.

Candido, o El Optimismo

V >> Voltaire >> Candido, o El Optimismo

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Esta conducta acabo de desesperar a Candido; y aunque a la verdad
habia padecido otras desgracias mil veces mas crueles, la calma del
juez y del patron que le habia robado le exaltaron la colera, y le
ocasionaron una negra melancolia. Presentabase a su mente la maldad
humana con toda su disformidad, y solo pensamientos tristes revolvia.
Finalmente estando para salir para Burdeos un navio frances, y no
quedandole carneros cargados de diamantes que embarcar, ajusto en lo
que valia un camarote del navio, y mando pregonar en la ciudad que
pagaba el viage y la manutencion, y daba dos mil duros a un hombre de
bien que le quisiera acompanar, con la condicion de que fuese el mas
descontento de su suerte, y el mas desdichado de la provincia.
Presentose una cafila tal de pretendientes, que no hubieran podido
caber en una esquadra. Queriendo Candido escoger los que mejor
educados parecian, senalo hasta unos veinte que le parecieron mas
sociables, y todos pretendian que merecian la preferencia. Reuniolos
en su posada, y los convido a cenar, poniendo por condicion que
hiciese cada uno de ellos juramento de contar con sinceridad su
propia historia, y prometiendo escoger al que mas digno de compasion
y mas descontento con justicia de su suerte le pareciese, y dar a los
demas una gratificacion. Duro la sesion hasta las quatro de la
madrugada; y al oir sus aventuras o desventuras se acordaba Candido de
lo que le habia dicho la vieja quando iban a Buenos-Ayres, y de la
apuesta que habia hecho de que no habia uno en el navio a quien no
hubiesen acontecido gravisimas desdichas. A cada lastima que contaban,
pensaba en Panglos, y decia: El tal Panglos apurado se habia de ver
para demostrar su sistema: yo quisiera que se hallase aqui. Es cierto
que si esta todo bien, es en el Dorado, pero no en lo demas de la
tierra. Finalmente se determino enfavor de un hombre docto y pobre,
que habia trabajado diez anos para los libreros de Amsterdan,
creyendo que no habia en el mundo oficio que mas aperreado traxese al
que le exercitaba. Fuera de eso este docto sugeto, que era hombre de
muy buena pasta, habia sido robado por su muger, aporreado por su
hijo, y su hija le habia abandonado, y se habia escapado con un
Portugues. Le acababan de quitar un miserable empleo con el qual
vivia, y le perseguian los predicantes de Surinam, porque le tachaban
de sociniano. Hase de confesar que los demas eran por lo menos tan
desventurados como el; pero Candido esperaba que con el docto se
aburriria menos en el viage. Todos sus competidores se quejaron de la
injusticia manifiesta de Candido; mas este los calmo repartiendo cien
duros a cada uno.




CAPITULO XX.

_De lo que sucedio a Candido y a Martin durante la navegacion._


Embarcose pues para Burdeos con Candido el docto anciano, cuyo nombre
era Martin. Ambos habian visto y habian padecido mucho; y aun quando
el navio hubiera ido de Surinam al Japon por el cabo de Buena
Esperanza, no les hubiera en todo el viage faltado materia para
discurrir acerca del mal fisico y el mal moral. Verdad es que Candido
le sacaba muchas ventajas a Martin, porque llevaba la esperanza de
ver a su Cunegunda, y Martin no tenia cosa ninguna que esperar: y le
quedaba oro y diamantes; de suerte que aunque habia perdido cien
carneros grandes cargados de las mayores riquezas de la tierra, y
aunque le escarbaba continuamente la bribonada del patron holandes,
todavia quando pensaba en lo que aun llevaba en su bolsillo, y hablaba
de Cunegunda, con especialidad despues de comer, se inclinaba al
sistema de Panglos. Y vm., senor Martin, le dixo al docto, ?que piensa
de todo esto? ?que opinion lleva cerca del mal fisico y el mal moral?
Senor, respondio Martin, los clerigos me han acusado de ser sociniano;
pero la verdad es que soy maniqueo. Ese es cuento, replico Candido,
que ya no hay maniqueos en el mundo. Pues yo en el mundo estoy, dixo
Martin, y es la realidad que no esta en mi creer otra cosa. Menester
es que tenga vm. el diablo en el cuerpo, repuso Candido. Tanto papelea
en este mundo, dixo Martin, que muy bien puede ser que este en mi
cuerpo lo mismo que en otra parte. Confieso que quando tiendo la vista
por este globo o globulo, se me figura que le ha dexado Dios a
disposicion de un ser malefico, exceptuando el Dorado. Aun no he visto
un pueblo que no desee la ruina del pueblo inmediato, ni una familia
que no quisiera exterminar otra familia. En todas partes los menudos
execran de los grandes, y se postran a sus plantas; y los grandes los
tratan como viles rebanos, desollandolos y comiendoselos. Un millon de
asesinos en regimientos andan corriendo la Europa entera, saqueando y
matando con disciplina, porque no saben oficio mas honroso; en las
ciudades que en apariencia disfrutan la paz, y en que florecen las
artes, estan roidos los hombres de mas envidia, inquietudes y afanes,
que quantas plagas padece una ciudad sitiada. Todavia son mas crueles
los pesares secretos que las miserias publicas; en una palabra, he
visto tanto y he padecido tanto, que soy maniqueo. Cosas buenas hay,
no obstante, replico Candido. Podra ser, decia Martin, mas no han
llegado a mi noticia.

En esta disputa estaban quando se oyeron descargas de artilleria. De
uno en otro instante crecia el estruendo, y todos se armaron de un
anteojo. Veianse como a distancia de tres millas dos navios que
combatian, y los traxo el viento tan cerca del navio frances a uno y a
otro, que tuvieron el gusto de mirar el combate muy a su sabor. Al
cabo uno de los navios descargo una andanada con tanto tino y acierto,
y tan a flor de agua, que echo a pique a su contrario. Martin y
Candido distinguieron con mucha claridad en el combes de la nave que
zozobraba unos cien hombres que todos alzaban las manos al cielo dando
espantosos gritos; en un punto se los trago a todos la mar.

Vea vm., dixo Martin, pues asi se tratan los hombres unos a otros.
Verdad es, dixo Candido, que anda aqui la mano del diablo. Diciendo
esto, advirtio cierta cosa de un encarnado muy subido, que nadaba
junto al navio; echaron la lancha para ver que era, y era uno de sus
carneros. Mas se alegro Candido con haber recobrado este carnero, que
lo que habia sentido la perdida de ciento cargados todos de diamantes
gruesos del Dorado.

En breve reconocio el capitan del navio frances que el del navio
sumergidor era Espanol, y el del navio sumergido un pirata holandes,
el mismo que habia robado a Candido. Con el pirata se hundieron en el
mar las inmensas riquezas de que se habia apoderado el infame, y solo
se liberto un carnero. Ya ve vm., dixo Candido a Maitin, que a veces
llevan los delitos su merecido: este picaro de patron holandes ha
sufrido la pena digna de sus maldades. Esta bien, dixo Martin, pero
?porque han muerto los pasageros que venian en su navio? Dios ha
castigado al malo, y el diablo ha ahogado a los buenos.

Seguian en tanto su derrota el navio frances y el espanol, y Candido
en sus conversaciones con Martin. Quince dias sin parar disputaron, y
tan adelantados estaban el ultimo como el primero; pero hablaban, se
comunicaban sus ideas, y se consolaban. Candido pasando la mano por el
lomo a su carnero le decia: Una vez que te he hallado a ti, tambien
podie hallar a Cunegunda.




CAPITULO XXI.

_Donde se da cuenta de la platica de Candido y Martin, al acercarse
a las costas de Francia._


Avistaronse al fin las costas de Francia. ?Ha estado vm. en Francia,
senor Martin? dixo Candido. Si, Senor, respondio Martin, y he corrido
muchas provincias: en unas la mitad de los habitantes son locos, en
otras muy retrecheros, en estas bastante bonazos y bastante tontos, y
en aquellas lo dan por ladinos. En todas la ocupacion principal es
enamorar, murmurar la segunda, y la tercera decir majaderias.--?Y ha
visto vm. a Paris, senor Martin?--He visto a Paris, que es una
menestra de paxaros de todas clases, un caos, una prensa, donde todo
el mundo anhela por placeres, y casi nadie los halla, a lo menos segun
me ha parecido. Estuve poco tiempo; al llegar, me robaron quanto traia
unos rateros en la plaza de San German; luego me reputaron a mi por
ladron, y me tuvieron ocho dias en la carcel; y al salir libre entre
como corrector en una imprenta, para ganar con que volverme a pie a
Holanda. He conocido la canalla escritora, la canalla enredadora, y la
canalla convulsa. Dicen que hay algunas personas muy cultas en este
pueblo, y creo que asi sera.

Yo por mi no tengo hipo ninguno por ver la Francia, dixo Candido; bien
puede vm. considerar que quien ha vivido un mes en el Dorado no se
cura de ver cosa ninguna de este mundo, como no sea Cunegunda. Voy a
esperarla a Venecia, y atravesaremos la Francia para ir a Italia: ?me
acompanara vm.? Con mil amores, respondio Martin; dicen que Venecia
solo para los nobles Venecianos es buena, puesto que hacen mucho
agasajo a los extrangeros que llevan mucho dinero: yo no le tengo,
pero vm. si, y le seguire adonde quiera que fuere. Hablando de otra
cosa, dixo Candido, ?cree vm. que la tierra haya sido antiguamente
mar, como lo afirma aquel libro gordo que es del capitan del buque? No
por cierto, replico Martin, como ni tampoco los demas adefesios que
nos quieren hacer tragar de algun tiempo aca. ?Pues para que fin
piensa vm. que fue criado el mundo? continuo Candido. Para hacernos
dar al diablo, respondio Martin. ?No se pasma vm., siguio Candido, del
amor de las dos mozas del pais de los Orejones a los dos ximios, que
conte a vm.? Muy lejos de eso, repuso Martin; no veo que tenga nada de
extrano esa pasion, y he visto tantas cosas extraordinarias, que nada
se me hace extraordinario. ?Cree vm., le dixo Candido, que en todos
tiempos se hayan degollado los hombres como hacen hoy, y que siempre
hayan sido embusteros, aleves, perfidos, ingratos, ladrones, flacos,
mudables, viles, envidiosos, glotones, borrachos, codiciosos,
ambiciosos, sangrientos, calumniadores, disolutos, fanaticos,
hipocritas y necios? ?Cree vm., replico Martin, que los milanos se
hayan, siempre engullido las palomas, quando han podido dar con ellas?
Sin duda, dixo Candido. Pues bien, continuo Martin, si los milanos
siempre han tenido las mismas inclinaciones, ?porque quiere vm. que
las de los hombres hayan ariado? No, dixo Candido, eso es muy
diferente porque el libre albedrio..... Asi discurrian, quando
aportaron a Burdeos.




CAPITULO XXII.

_De los sucesos que en Francia acontecieron a Candido y a
Martin._


No se detuvo Candido en Burdeos mas tiempo que el que le fue necesario
para vender algunos pedernales del Dorado, y comprar una buena silla
de posta de dos asientos, porque no podia ya vivir sin su filosofo
Martin. Lo unico que sintio fue tenerse que separar de su carnero, que
dexo a la Academia de ciencias de Burdeos, la qual propuso por asunto
del premio de aquel ano determinar porque la lana de aquel carnero era
encarnada; y se le adjudico a un docto del Norte, que demostro por A
mas B, menos C dividido por Z, que era forzoso que fuera aquel carnero
encarnado, y que se muriese de la monina.

Todos quantos caminantes topaba Candido en los mesones le decian:
Vamos a Paris. Este general prurito le inspiro al fin deseos de ver
esta capital, en lo qual no se desviaba mucho de la direccion de
Venecia. Entro por el arrabal de San Marcelo, y creyo que estaba en la
mas sucia aldea de Vesfalia. Apenas llego a la posada, le acometio
una ligera enfermedad originada del cansancio; y como llevaba al dedo
un enorme diamante, y habian advertido en su coche una caxa muy
pesada, al punto se le acercaron dos doctores medicos que no habia
mandado llamar, varios intimos amigos que no se apartaban de el, y dos
devotas mugeres que le hacian caldos. Decia Martin: Bien me acuerdo de
haber estado yo malo en Paris, quando mi primer viage; pero era muy
pobre, y asi ni tuve amigos, ni devotas, ni medicos, y sane muy
presto.

Las resultas fueron que a poder de sangrias, recetas y medicos, se
agravo la enfermedad de Candido. Al fin sano; y mientras estaba
convaleciente, le visitaron muchos sugetos de trato fino, que cenaban
con el. Habia juego fuerte, y Candido se pasmaba de que nunca le
venian, buenos naypes; pero Martin no lo extranaba.

Entre los que mas concurrian a su casa habia un cierto abate, que era
de aquellos hombres diligentes, siempre listos para todo quanto les
mandan, serviciales, entremetidos, halaguenos, descarados, buenos para
todo, que atisban a los forasteros que llegan a la capital, les
cuentan los sucesos mas escandalosos que acontecen, y les brindan con
placeres a qualquier precio. Lo primero que hizo fue llevar a la
comedia a Martin y a Candido. Representaban una tragedia nueva, y
Candido se encontro al lado de unos quantos hypercriticos, lo qual no
le quito que llorase al ver algunas escenas representadas con la mayor
perfeccion. Uno de los hypercriticos que junto a el estaban, le dixo
en un entre-acto: Hace vm. muy mal en llorar; esa comedianta es
malisima, y el que representa con ella peor todavia, y peor la
tragedia que los actores: el autor no sabe palabra de arabigo, y ha
puesto la escena en la Arabia; sin contar con que es hombre que cree
que no hay ideas innatas: manana le traere a vm. veinte folletos
contra el. Caballero, ?quantas composiciones dramaticas tienen vms. en
Francia? dixo Candido al abate; y este respondio: Cinco o seis mil.
Mucho es, dixo Candido; ?y quantas buenas hay? Quince o diez y seis,
replico el otro. Mucho es, dixo Martin.

Salio Candido muy satisfecho con una comica que hacia el papel de la
reyna Isabel de Inglaterra, en una tragedia muy insulsa que algunas
veces se representa. Mucho me gusta esta actriz, le dixo a Martin,
porque se da ayre a Cunegunda; mucho gusto tendria en hacerle una
visita. El abate, se brindo a llevarle a su casa. Candido criado en
Alemania pregunto que ceremonias eran las que se estilaban en Francia
para tratar con las reynas de Inglaterra. Distingo, dixo el abate: en
las provincias las llevan a comer a los mesones, en Paris las respetan
quando son bonitas, y las tiran al muladar despues de muertas. iAl
muladar las reynas! dixo Candido. Verdad es, dixo Martin; razon tiene
el senor abate: en Paris estaba yo quando la senora Monima paso, como
dicen, de esta a mejor vida, y le negaron lo que esta gente llama
_sepultura en tierra santa_, lo qual significa podrirse con toda
la pobreteria de la parroquia en un hediondo cementerio, y la
enterraron sola y senera en un rincon de su jardin, lo qual le causo
sin duda muchisima pesadumbre, porque tenia muy hidalgos
pensamientos. Accion de mala crianza fue en efecto, dixo Candido. ?Que
quiere vm., dixo Martin, si estas gentes son asi? Imaginese vm. todas
las contradicciones, y todas las incompatibilidades posibles, y las
hallara reunidas en el gobierno, en los tribunales, en las iglesias,
y en los espectaculos de esta donosa nacion. ?Y es cierto que en Paris
se rie la gente de todo? Verdad es, dixo el abate, pero se rien
dandose al diablo; se lamentan de todo dando careajadas de risa; y
riendose se cometen las mas detestables acciones.

?Quien es, dixo Candido, aquel marrano que tan mal hablaba de la
tragedia que tanto me ha hecho llorar, y de los actores que tanto
gusto me han dado? Un malandrin, respondio el abate, que gana la vida
hablando mal de todas las composiciones dramaticas y de todos los
libros que salen; que aborrece a todo aquel que es aplaudido, como
aborrecen los eunucos a los que gozan; una sierpe de la literatura,
que vive de ponzona y cieno; un folletista. ?Que llama vm. folletista?
dixo Candido. Un compositor de folletos, dixo el abate, un Freron, o
un Ostolaza. Asi discurrian Candido, Martin y el abate en la
escalera del coliseo, mientras que iba saliendo la gente, concluida la
comedia. Puesto que tengo muchisimos deseos de ver a Cunegunda, dixo
Candido, bien quisiera cenar con la primera tragica, que me ha
parecido un portento. No era hombre el abate que tuviese entrada en
casa de la tal primera actriz, que solo recibia sugetos del mas fino
trato. Esta ocupada esta noche, respondio; pero tendre la honra de
llevar a vm. a casa de una senora de circunstancias, y conocera a
Paris alli como si hubiera vivido en el muchos anos.

Candido, que naturalmente era amigo de saber, se dexo llevar a casa de
la tal senora: estaban ocupados los tertulianos en jugar a la banca, y
doce tristes apuntes tenian en la mano cada uno un juego de naypes,
archivo de su mala ventura. Reynaba un profundo silencio; tenido
estaba el semblante de los apuntes de una macilenta amarillez, y se
leia la zozobra en el del banquero; y la senora de la casa, sentada
junto al despiadado banquero, con ojos de lince anotaba todos los
parolis, y todos los sietelevares con que doblaba cada jugador sus
naypes, haciendoselos desdoblar con un cuidado muy escrupuloso, pero
con cortesia y sin enfadarse, por temor de perder sus parroquianos.
Llamabanla la marquesa de Parolinac; su hija, muchacha de quince anos,
era uno de los apuntes, y con un guinar de ojos advertia a su madre
las picardiguelas de los pobres apuntes que procuraban enmendar los
rigores de la mala suerte. Entraron el abate, Candido y Martin, y
nadie se levanto a darles las buenas noches, ni los saludo, ni los
miro siquiera; tan ocupados todos estaban en sus naypes. Mas cortes
era la senora baronesa de Tunder-tentronck, dixo entre si Candido.

Acercose en esto el abate al oido de la marquesa, la qual se
medio-levanto de la silla, honro a Candido con una risita agraciada, y
a
Martin haciendole cortesia con la cabeza con magestuoso ademan; mando
luego que traxeran a Candido asiento y una baraja, y este perdio en
dos tallas diez mil duros. Cenaron luego con mucha jovialidad, y todos
estaban atonitos de que Candido no sintiese mas lo que perdia. Los
lacayos en su idioma lacayuno se decian unos a otros: Preciso es que
sea un mylord ingles.

La cena se parecia a casi todas las cenas de Paris; primero mucho
silencio, luego un estrepito de palabras que no se entendian, chistes
luego, casi todos muy insulsos, noticias falsas, malos raciocinios,
algo de politica, y mucha murmuracion; despues hablaron de obras
nuevas. Pasaron luego a tratar de teatros, y el ama de casa pregunto
porque habia ciertas tragedias que se representaban con frequencia, y
que nadie podia leer. Un hombre de fino gusto que habia entre los
convidados, explico con mucha claridad como podia interesar una
tragedia que tuviera poquisimo merito, probando en breves razones que
no bastaba traer por los cabellos una o dos situaciones de aquellas
que tan frequentes son en las novelas, y siempre embelesan a los
oyentes; que es menester novedad sin extravagancia, sublimidad a
veces, y naturalidad siempre; conocer el corazon del hombre y el
estilo de las pasiones; ser gran poeta, sin que parezca poeta ninguno
de los interlocutores; saber con perfeccion su idioma, hablarle con
pureza, y con harmonia continua, sin sacrificar nunca el sentido al
consonante. Todo aquel que no observare todas estas reglas, anadio,
muy bien podra componer una o dos tragedias que sean aplaudidas en el
teatro, mas nunca pasara plaza de buen escritor. Poquisimas tragedias
hay buenas: unas son idylios en coloquios bien escritos y bien
versificados; otras disertaciones de politica que infunden sueno, o
amplificaciones que cansan; otras desatinos de un energumeno en estilo
barbaro, razones cortadas, apostrofes interminables a los Dioses no
sabiendo que decir a los hombres, falsas maximas, y lugares comunes
hinchados.

Escuchaba con mucha atencion Candido este razonamiento, y formo por el
altisima idea del orador; y como habia tenido la marquesa la atencion
de colocarle a su lado, se tomo la licencia de preguntarle al oido
quien era un hombre que tan de perlas hablaba. Ese es un docto, dixo
la dama, que nunca apunta, y que me trae a cenar algunas veces el
abate, que entiende perfectamente de tragedias y libros, y que ha
compuesto una tragedia que silbaron, y un libro del qual un solo
exemplar que me dedico ha salido de la tienda de su librero. iQue
varon tan eminente! dixo Candido, es otro Panglos; y volviendose hacia
el le dixo: ?Sin duda, Caballero, que es vm. de dictamen de que todo
esta perfectamente en el mundo fisico y en el moral, y de que nada
podia suceder de otra manera? iYo, caballero! le respondio el docto;
nada menos que eso. Todo me parece que va al reves en nuestro pais, y
que nadie sabe ni qual es su estado, ni qual su cargo, ni lo que hace,
ni lo que debiera hacer; y que excepto la cena que es bastante jovial,
y donde la gente esta bastante acorde, todo el resto del tiempo se
consume en impertinentes contiendas; de jansenistas con motinistas,
de parlamentarios con eclesiasticos, de literatos con literatos, de
palaciegos con palaciegos, de alcabaleros y diezmeros con el pueblo,
de mugeres con maridos, y de parientes con parientes; por fin una
guerra perdurable.

Replicole Candido: Cosas peores he visto yo; pero un sabio que despues
tuvo la desgracia de ser ahorcado, me enseno que todas esas cosas son
dechado de perfecciones, y sombras de una hermosa pintura. Ese
ahorcado se reia de la gente, dixo Martin, y esas sombras sen manchas
horrorosas, Los hombres son los que echan esas manchas, dixo Candido,
y no pueden hacer menos. ?Con que no es culpa de ellos? replico
Martin. Bebian en tanto la mayor parte de los apuntes, que no
entendian una palabra de la materia; Martin discurria con el hombre
docto, y Candido contaba parte de sus aventuras al ama de la casa.

Despues de cenar, llevo la marquesa a su retiete a Candido, y le sento
en un canape. ?Con que esta vm. enamorado perdido de Cunegunda, la
baronesita de Tunder-ten-tronck? Si, Senora, respondio Candido.
Replicole la marquesa con una amorosa sonrisa: Vm. responde como un
mozo de Vesfalia; un Frances me hubiera dicho: Verdad es, Senora, que
he querido a Cunegunda, pero quando la miro a vm., me temo no
quererla. Yo, Senora, dixo Candido, respondere como vm. quisiere. La
pasion de vm., dixo la marquesa, empezo alzando un panuelo, y yo
quiero que vm. alce mi liga. Con toda mi alma, dixo Candido, y la
levanto del suelo. Ahora quiero que me la ponga, continuo la dama, y
Candido se la puso. Mire vm., repuso la dama, vm. es extrangero: a mis
amantes de Paris los hago yo penar a veces quince dias seguidos, pero
a vm. me rindo desde la primera noche, porque es menester tratar
cortesmente a un buen mozo de Vesfalia. La buena cana que habia
reparado en dos diamantes enormes de dos sortijas del extrangero buen
mozo, tanto se los alabo, que de los dedos de Candido pasaron a los de
la marquesa.

Al volverse Candido a su casa con el abate, sintio algunos
remordimientos por haber cometido una infidelidad a Cunegunda; y el
senor abate tomo parte en su sentimiento, porque le habia cabido una
muy pequena en los diez mil duros perdidos por Candido al juego, y en
el valor de los dos brillantes, medio-dados y medio-estafados: y era
su animo aprovecharse todo quanto pudiese de lo que el trato de
Candido le podia valer. Hablabale sin cesar de Cunegunda, y Candido
le dixo que quando la viera en Venecia, le pediria perdon de la
infidelidad que acababa de cometer.

Cada dia estaba el abate mas cortes y mas atento, interesandole todo
quanto decia Candido, todo quanto hacia, y quanto queria hacer. ?Con
que esta vm. aplazado por la baronesita para Venecia? le dixo. Si,
senor abate, respondio Candido, tengo precision de ir alla a buscar a
Cunegunda. Llevado entonces del gusto de hablar de su amada, le conto,
como era su costumbre, parte de sus aventuras con esta ilustre
Vesfaliana. Bien creo, dixo el abate, que esa senorita tiene mucho
talento, y escribe muy bonitas cartas. Nunca me ha escrito, dixo
Candido, porque se ha de figurar vm. que quando me echaron de la
granja por amor de ella, no le pude escribir; que poco despues supe
que era muerta, que despues me la encontre, y la volvi a perder, y que
le he despachado un mensagero a dos mil y quinientas leguas de aqui,
que aguardo con su respuesta.

Escuchole con mucha atencion el abate, se paro algo pensativo, y se
despidio luego de ambos extrangeros, abrazandolos tiernamente. Al otro
dia, antes de levantarse de la cama, dieron a Candido la esquela
siguiente: "Muy Senor mio, y mi querido amante: ocho dias hace que
estoy mala en esta ciudad, y acabo de saber que se encuentra vm. en
ella. Hubiera ido volando a echarme en sus brazos, si me pudiera
menear. He sabido que habia vm. pasado por Burdeos, donde se ha
quedado el fiel Cacambo y la vieja, que llegaran muy en breve. El
gobernador de Buenos-Ayres se ha quedado con todo quanto Cacambo
llevaba; pero el corazon de vm. me queda. Venga vm. a verme; su
presencia me dara la vida, o hara que me muera de alegria."

Una carta tan tierna, y tan poco esperada, puso a Candido en una
imponderable alegria, pero la enfermedad de su amada Cunegunda le
traspasaba de dolor. Fluctuante entre estos dos afectos, agarra a
punados el oro y los diamantes, y hace que le lleven con Martin a la
posada donde estaba Cunegunda alojada: entra temblando con la ternura,
latiendole el corazon, y el habla interrumpida con sollozos; quiere
descorrer las coitinas de la cama, y manda que traygan luz. No haga
vm. tal, le dixo la criada, la luz le hace mal; y volvio a correr la
cortina. Amada Cunegunda, dixo llorando Candido: ?como te hallas? No
puede hablar, dixo la criada. Entonces la enferma saco fuera de la
cama una mano muy suave que bano Candido un largo rato con lagrimas, y
que lleno lurgo de diamantes, desando un saco de oro encima del
taburete.

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