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Annual Bibliography of Commonwealth Literature 2007
This paper argues that discourses of love in Ghanaian market literature for youth offer a view into complex negotiations of agency and empowerment. Drawing on Deborah Durham's notion of youth as "social `shifters'" and Francis Nyamnjoh's conception of the "interconnectedness" of agency, I take Ghanaian market literature as one specific case of how African literature for youth foregrounds questions of continuity and change as African societies enter into increasingly complex global relations. In this literature for youth, received notions of love, often constructed out of impressions from American pop and hip hop music, carry new notions of agency that compete with existing "domesticated" forms. Authors like Ike Tandoh and Evelyn Tay employ discourses of love to offer youth alternative avenues for empowerment in a context of socio-economic disenfranchizement. In a creative process of "straddling", this writing both reveals and reproduces the contradictions that obtain in youth configurations of agency.

Candido, o El Optimismo

V >> Voltaire >> Candido, o El Optimismo

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Parecio justa la proposicion a los Orejones, y comisionaron a dos
prohombres para que con la mayor presteza se informaran de la verdad:
los diputados desempenaron su comision con mucha sagacidad, y
volvieron con buenas noticias. Desataron pues los Orejones a los dos
presos, les hicieron mil agasajos, les dieron viveres, y los
conduxeron hasta los confines de su estado, gritando muy alegres: No
es jesuita, no es jesuita.

No se hartaba Candido de pasmarse del motivo porque le habian puesto
en libertad. iQue pueblo, decia, que gente, que costumbres! Si no
hubiera tenido la fortuna de atravesar de una estocada de parte a
parte al hermano de mi baronesita, me comian sin mas remision. Verdad
es que la naturaleza pura es buena, quando en vez de comerme me lian
agasajado tanto estas gentes, asi que han sabido que no era jesuita.




CAPITULO XVII.

_Cuentase el arribo de Candido con su criado al pais del Dorada, y
lo que alli vieron._


Quando estuvieron en la raya de los Orejones, Ya ve vm., dixo Cacarnbo
a Candido, que este hemisferio vale tan poco como el otro; creame, y
volvamonos a Europa por el camino mas corto. ?Como me he de volver,
respondio Candido, ni adonde he de ir? Si me vuelvo a mi pais, los
Abaros y los Bulgaros lo talan todo a sangre y fuego; si a Portugal,
me queman; si nos quedamos en este pais, corremos peligro de que nos
asen vivos. Mas ?como nos hemos de resolver a dexar la parte del mundo
donde reside mi baronesita?

Encaminemonos a Cayena, dixo Cacambo; alli hallaremos Franceses, que
andan por todo el mundo, y que nos podran valer: y acaso tendra Dios
misericordia de nosotros.

No era cosa facil ir a Cayena: bien sabian, a poco mas o menos, hacia
que parte se habian de dirigir; pero las montanas, los rios, los
despenaderos, los salteadores, y los salvages cran en todas partes
estorbos insuperables. Los caballos se murieron de cansancio; se les
acabaron las provisiones; y se mantuvieron por espacio de un mes con
frutas silvestres. Al cabo se hallaron a orillas de un riachuelo
poblado de cocos, que les conservaron la vida y la esperanza.
Cacambo, que era de tan buen consejo como la vieja, dixo a Candido: Ya
no podemos ir mas tiempo a pie, sobrado hemos andado; una canoa vacia
estoy viendo a la orilla del rio, llenemosla de cocos, metamonos
dentro, y dexemonos llevar de la corriente: un rio va siempre a parar
a algun sitio habitado; y si no vemos cosas gratas, a lo menos
veremos cosas nuevas. Vamos alla, dixo Candido, y encomendemonos a la
Providencia.

Navegaron por espacio de algunas leguas entre riberas, unas veces
amenas, otras aridas, aqui llanas, y alla escarpadas. El rio se iba
continuamente ensanchando, y al cabo se encanaba baso una boveda de
espantables brenas que escalaban el cielo. Tuvieron ambos caminantes
la osadia de dexarse arrastrar de las olas debaxo de esta boveda; y el
rio, que en este sitio se estrechaba, se los llevo con horroroso
estrepito y no vista velocidad. Al cabo de veinte y quatro horas
vieron otra vez la luz; pero la canoa se hizo anicos en los baxios, y
tuvieron que andar a gatas de uno en otro penasco una legua entera:
finalmente avistaron un inmenso horizonte cercado de inaccesibles
montanas. Todo el pais estaba cultivado no menos para recrear el gusto
que para satisfacer las necesidades; en todas paftes lo util se
maridaba con lo agradable; vianse los caminos reales cubiertos, o por
mejor decir ornados de carruages deforma elegante y luciente materia,
y dentro mugeres y hombres de peregrina hermosura: tiraban con raudo
paso de estos carruages unos avultados carneros encarnados, muy mas
ligeros que los mejores caballos de Andalucia, Tetuan y Mequinez.

Mejor tierra es esta, dixo Candido, que la Vesfalia; y se apeo con
Cacambo en el primer lugar que topo. Algunos muchachos de la aldea,
vestidos de tisu de oro hecho pedazos, estaban jugando al tejo a la
entrada del lugar; nuestros dos hombres del otro mundo se divertian
en mirarlos. Eran los tejos unas piezas redondas muy anchas,
amarillas, encarnadas y verdes, que despedian mucho brillo: cogieron
algunas, y eran oro, esmeraldas y rubies, de tanto valor que el de
menos precio hubiera sido la mas rica joya del trono del Gran Mogol.
Estos muchachos, dixo Cacambo, son sin duda los infantes que estan
jugando al tejo. En esto se asomo el maestro de primeras letras del
lugar, y dixo a los muchachos que ya era hora de entrar en la
escuela. Ese es, dixo Candido, el preceptor de la familia real.

Los chicos del lugar abandonaron al punto el juego, y tiraron los
tejos, y quanto para divertirse les habia servido. Cogiolos Candido,
y acercandose a todo correr al preceptor, se los presento con mucha
humildad, diciendole por senas que sus Altezas Reales se habian dexado
olvidado aquel oro y aquellas piedras preciosas. Echose a reir el
maestro de leer, y las tiro al suelo; miro luego atentamente a Candido
a la cara, y siguio su camino.

Los caminantes se dieron priesa a coger el oro, los rubies y las
esmeraldas. ?Donde estamos? decia Candido: menester es que esten bien
educados los infantes de este pais, pues asi los ensenan a no hacer
caso del oro ni las piedras preciosas. No estaba Cacambo menos atonito
que Candido. Al fin se llegaron a la primera casa del lugar, que tenia
trazas de un palacio de Europa; a la puerta habia agolpada una
muchedumbre de gente, y mas todavia dentro: oiase resonar una musica
melodiosa, y se respiraba un delicioso olor de exquisitos manjares.
Arrimose Cacambo a la puerta, y oyo hablar peruano, que era su lengua
materna; pues ya sabe todo el mundo que Cacambo era hijo de Tucuman,
de un pueblo donde no se conocia otro idioma. Yo le servire a vm. de
interprete, dixo a Candido; entremos, que este es un meson.

Al punto dos mozos y dos criadas del meson, vestidos de tela de oro,
y los cabellos prendidos con lazos de lo mismo, los convidaron a que
se sentaran a mesa redonda. Sirvieron en ella quatro sopas con dos
papagayos cada una, un buytre cocido que pesaba doscientas libras,
dos monos asados de un sabor muy delicado, trescientos colibries en un
plato, y seiscientos paxaros-moscas en otro, exquisitas frutas, y
pasteleria deliciosa, todo en platos de cristal de roca; y los mozos y
sirvientas del meson escanciaban varios licores sacados de la cana de
azucar.

La mayor parte de los comensales eran mercaderes y carruageros, todos
de una urbanidad imponderable, que con la mas prudente circunspeccion
hicieron a Cacambo algunas preguntas, y respondieron a las de este,
dexandole muy satisfecho de sus respuestas. Quando se acabo la comida,
Cacambo y Candido creyeron que pagaban muy bien el gasto, tirando en
la mesa dos de aquellas grandes piezas de oro que habian cogido; pero
soltaron la carcajada el huesped y la huespeda, y no pudieron durante
largo rato contener la risa: al fin se serenaron, y el huesped les
dixo: Bien vemos, senores, que son vms. extrangeros; y como no estamos
acostumbrados a ver ninguno, vms. perdonen si nos hemos echado a reir
quando nos han querido pagar con las piedras de nuestros caminos
reales. Sin duda vms. no tienen moneda del pais, pero tampoco se
necesita para comer aqui, porque todas las posadas establecidas para
comodidad del comercio las paga el gobierno. Aqui han, comido vms.
mal, porque estan en una pobre aldea; pero en las demas partes los
recibiran como se merecen. Explicaba Cacambo a Candido todo quanto
decia el huesped, y lo escuchaba Candido con tanto pasmo y maravilla
como tenia en decirselo su amigo Cacambo. ?Pues que pais es este,
decian ambos, ignorado de todo lo demas de la tierra, y donde la
naturaleza entera tanto de la nuestra se diferencia? Es regular que
este sea el pais donde todo esta bien, anadia Candido, que alguno ha
de haber de esta especie; y diga lo que quiera maese Panglos, muchas
veces he advertido que todo iba mal en Vesfalia.




CAPITULO XVIII.

_Donde se da cuenta de lo que en el pais del Dorado vieron._


Cacambo dio parte de su curiosidad a su huesped, y este le dixo: Yo
soy un ignorante, y no me arrepiento de serlo; pero en el pueblo
tenemos a un anciano retirado de la corte, que es el sugeto mas docto
del reyno, y que mas gusta de comunicar con los otros lo que sabe.
Dicho esto, llevo a Cacambo a casa del anciano. Candido representaba
la segunda persona, y acompanaba a su criado. Entraron ambos en una
casa sin pompa, porque las puertas no eran mas que de plata, y los
techos de los aposentos de oro, pero con tan fino gusto labrados, que
con los mas ricos techos podian entrar en cetejo; la antesala
solamente en rubies y esmeraldas estaba embutida, pero el orden con
que estaba todo colocado resarcia esta excesiva simplicidad.

Recibio el anciano a los dos extrangeros en un sofa de plumas de
colibri, y les ofrecio varios licores en vasos de diamante, y luego
satisfizo su curiosidad en estos terminos. Yo tengo ciento setenta y
dos anos, y mi difunto padre, caballerizo del rey, me conto las
asombrosas revoluciones del Peru, que habia el presenciado. El reyno
donde estamos es la antigua patria de los Incas, que cometieron el
disparate de abandonarla por ir a sojuzgar parte del mundo, y que al
fin destruyeron los Espanoles.

Mas prudentes fueron los principes de su familia que permanecieron en
su patria, y por consentimiento de la nacion dispusieron que no
saliera nunca ningun habitante de nuestro pequeno reyno: lo qual ha
mantenido intacta nuestra inocencia y felicidad. Los Espanoles han
tenido una confusa idea de este pais, que han llamado _El
Dorado_; y un Ingles, nombrado el caballero Raleigh, llego aqui
cerca unos cien anos hace; mas como estamos rodeados de intransitables
brenas y simas espantosas, siempre hemos vivido exentos de la
rapacidad europea, que con la insaciable sed que los atormenta de las
piedras y el lodo de nuestra tierra, hubieran acabado con todos
nosotros sin dexar uno vivo.

Fue larga la conversacion, y se trato en ella de la forma de gobierno,
de las costumbres, de las mugeres, de los teatros y de las artes;
finalmente Candido, que era muy adicto a la metafisica, pregunto, por
medio de Cacambo, si tenian religion los moradores. Sonrojose un poco
el anciano, y respondio: ?Pues como lo dudais? ?creeis que tan
ingratos somos? Pregunto Cacambo con mucha humildad que religion era
la del Dorado. Otra vez se abochorno el viejo, y le replico: ?Acaso
puede haber dos religiones? Nuestra religion es la de todo el mundo:
adoramos a Dios noche y dia. ?Y no adorais mas que un solo Dios?
repuso Cacambo, sirviendo de interprete a las dudas de Candido. Como
si hubiera dos, o tres, o quatro, dixo el anciano: vaya, que las
personas de vuestro mundo hacen preguntas muy raras. No se hartaba
Candido de preguntar al buen viejo, y queria saber que era lo que
pedian a Dios en el Dorado. No le pedimos nada, dixo el respetable y
buen sabio, y nada tenemos que pedirle, pues nos ha dado todo quanto
necesitamos; pero le tributamos sin cesar acciones de gracias. A
Candido le vino la curiosidad de ver los sacerdotes, y pregunto donde
estaban; y el venerable anciano le dixo sonriendose: Amigo mio, aqui
todos somos sacerdotes; el rey y todas las cabezas de familia cantan
todas las mananas solemnes canticos de acciones de gracias, que
acompanan cinco o seis mil musicos.--?Con que no teneis frayles que
ensenen, que arguyan, que gobiernen, que enreden, y que quemen a los
que no son de su parecer?--Menester seria que estuvieramos locos,
respondio el anciano; aqui todos somos de un mismo parecer, y no
entendemos que significan esos vuestros frayles. Estaba Candido como
extatico oyendo estas razones, y decia para si: Muy distinto pais es
este
de la Vesfalia, y de la quinta del senor baron; si hubiera visto
nuestro
amigo Panglos el Dorado, no diria que la quinta de Tunder-ten-tronck
era lo mejor que habia en la tierra. Cierto que es bueno viajar.

Acabada esta larga conversacion, hizo el buen viejo poner un coche
tirado de seis carneros, y dio a los dos caminantes doce de sus
criados para que los llevaran a la Corte. Perdonad, les dixo, si me
priva mi edad de la honra de acompanaros; pero el rey os agasajara de
modo que quedeis gustosos, y sin duda disculpareis los estilos del
pais, si alguno de ellos os desagrada.

Montaron en coche Candido y Cacambo; los seis carneros iban volando, y
en menos de quatro horas llegaron al palacio del rey, situado a un
extremo de la capital. La puerta principal tenia doscientos y veinte
pies de alto, y ciento de ancho, y no es dable decir de que materia
era; mas bien se echa de ver quan portentosas ventajas sacaria a los
pedruscos y la arena que llamamos nosotros oro y piedras preciosas.
Al apearse Candido y Cacambo del coche, fueron recibidos por veinte
hermosas doncellas de la guardia real, que los llevaron al bano, y los
vistieron de un ropage de plumion de colibri; luego los principales
oficiales y oficialas de palacio los conduxeron al aposento de Su
Magestad, entre dos filas de mil musicos cada una, como era estilo.
Quando estuvieron cerca de la sala del trono, pregunto Cacambo a uno
de los oficiales principales como habian de saludar a Su Magestad; si
hincados de rodillas o postrados al suelo; si habian de poner las
manos en la cabeza o en el trasero; si habian de lamer el polvo de la
sala; finalmente quales eran las ceremonias. La practica, dixo el
oficial, es dar un abrazo al rey, y besarle en ambas mexillas.
Abalanzaronse pues Candido y Cacambo al cuello de Su Magestad, el qual
correspondio con la mayor afabilidad, y los convido cortesmente a
cenar. Entre tanto les ensenaron la ciudad, los edificios publicos que
escalaban las nubes, las plazas de mercado ornadas de mil colunas, las
fuentes de agua clara, las de agua rosada, las de licores de cana, que
sin parar corrian en vastas plazas empedradas con una especie de
piedras preciosas que esparcian un olor parecido al del clavo y la
canela. Quiso Candido ver la sala del crimen y el tribunal, y le
dixeron que no los habia, porque ninguno litigaba: se informo si habia
carcel, y le fue dicho que no; pero lo que mas extrano y mas
satisfaccion le causo, fue el palacio de las ciencias, donde vio una
galeria de dos mil pasos, llena toda de instrumentos de fisica y
matematicas.

Habiendo andado en toda aquella tarde como la milesima parte de la
ciudad, los traxeron de vuelta a palacio. Candido se sento a la mesa
entre Su Magestad, su criado Cacambo, y muchas senoras; y no se puede
ponderar lo delicado de los manjares, ni los dichos agudos que de boca
del monarca se oian. Cacambo le explicaba a Candido los donayres del
rey, y aunque traducidos todavia eran donayres; y de todo quanto pasmo
a Candido, no fue esto lo que le dexo menos pasmado.

Un mes estuvieron en este hospicio. Candido decia continuamente a
Cacambo: Ello es cierto, amigo mio, que la quinta donde yo naci no se
puede comparar con el pais donde estamos; pero al cabo mi Cunegunda no
habita en el, y sin duda que tampoco a ti te faltara en Europa una que
bien quieras. Si nos quedamos aqui, seremos uno de tantos; y si damos
vuelta a nuestro mundo no mas que con una docena de carneros cargados
de piedras del Dorado, seremos mas ricos que todos los monarcas
juntos, no tendremos que tener miedo a inquisidores, y con facilidad
podremos cobrar a la baronesita. Este razonamiento peto a Cacambo: tal
es la mania de correr mundo, de ser tenido entre los suyos, de hacer
alarde de lo que ha visto uno en sus viages, que los dos afortunados
se determinaron a dexarlo de ser, y a despedirse de Su Magestad.

Haceis un disparate, les dixo el rey: bien se que mi pais vale poco;
mas quando se halla uno medianamente bien en un sitio, se debe estar
en el. Yo no tengo por cierto derecho para detener a los extrangeros,
tirania tan opuesta a nuestra practica como a nuestras leyes. Todo
hombre es libre, y os podeis ir quando quisiereis; pero es muy ardua
empresa el salir de este pais: no es posible subir el raudo rio por el
qual habeis venido por milagro, y que corre baxo bovedas de penascos;
las montanas que cercan mis dominios tienen quatro mil varas de
elevacion, y son derechas como torres; su anchura coge un espacio de
diez leguas, y no es posible baxarlas como no sea despenandose. Pero,
pues estais resueltos a iros, voy a dar orden a los intendentes de
maquinas para que hagan una que os pueda transportar con comodidad; y
quando os hayan conducido al otro lado de las montanas, nadie os podra
acompanar; porque tienen hecho voto mis vasallos de no pasar nunca su
recinto, y no son tan imprudentes que le hayan de quebrantar: en
quanto a lo demas, pedidme lo que mas os acomode. No pedimos que
Vuestra Magestad nos de otra cosa, dixo Cacambo, que algunos carneros
cargados de viveres, de piedras y barro del pais. Riose el rey, y
dixo: No se que, pasion es la que tienen vuestros Europeos a nuestro
barro amarillo; llevaos todo el que querais, y buen provecho os haga.

Inmediatamente dio orden a sus ingenieros que hicieran una maquina
para izar fuera del reyno a estos dos hombres extraordinarios: tres
mil buenos fisicos trabajaron en ella, y se concluyo al cabo de quince
dias, sin costar arriba de cien millones de duros, moneda del pais.
Metieron en la maquina a Candido y a Cacambo: dos carneros grandes
encarnados tenian puesta la silla y el freno para que montasen en
ellos asi que hubiesen pasado los montes, y los seguian otros veinte
cargados de viveres, treinta con preseas de las cosas mas curiosas que
en el pais habia, y cincuenta con oro, diamantes, y otras piedras
preciosas. El rey dio un carinoso abrazo a los dos vagamundos. Fue
cosa de ver su partida, y el ingenioso modo con que los izaron a ellos
y a sus carneros a la cumbre de las montanas. Habiendolos dexado en
parage seguro, se despidieron de ellos los fisicos; y Candido no tuvo
otro hipo ni otra idea que ir a presentar sus carneros a la
baronesita. A bien que llevamos, decia, con que pagar al gobernador de
Buenos-Ayres, si es dable poner precio a mi Cuncgunda: vamos a la isla
de Cayena, embarquemonos, y luego veremos que reyno habernos de poner
en ajuste.




CAPITULO XIX.

_De los sucesos de Surinam, y del conocimiento que hizo Candido de
Martin._


La primera jornada de nuestros dos caminantes fue bastante agradable,
llevados en alas de la idea de encontrarse posesores de mayores
tesoros que quantos en Asia, Europa y Africa se podian reunir. El
enamorado Candido grabo el nombre de Cunegunda en las cortezas de los
arboles. A la segunda jornada se atollaron en pantanos dos carneros, y
perecieron con la carga que llevaban; otros dos se murieron de
cansancio algunos dias despues; luego perecieron de hambre de siete a
ocho en un desierto; de alli a algunos dias se cayeron otros en unas
simas: por fin a los cien dias de viage no les quedaron mas que dos
carneros. Candido dixo a Cacambo: Ya ves, amigo, que deleznables son
las riquezas de este mundo; nada hay solido, como no sea la virtud, y
la dicha de volver a ver a Cunegunda. Confieselo asi, dixo Cacambo;
pero todavia tenemos dos carneros con mas tesoros que quantos podra
poseer el rey de Espana, y desde aqui columbro una ciudad, que presumo
que ha de ser Surinam, colonia holandesa. Al termino de nuestras
miserias tocamos, y al principio de nuestra ventura.

En las inmediaciones del pueblo encontraron a un negro tendido en el
suelo, que no tenia mas que la mitad de su vestido, esto es de unos
calzoncillos de lienzo crudo azul, y al pobre le faltaba la pierna
izquierda y la mano derecha. iDios mio! le dixo Candido, ?que haces
ahi, amigo, en la terrible situacion en que te veo? Estoy aguardando a
mi amo el senor de Vanderdendur, negociante afamado, respondio el
negro. ?Ha sido por ventura el senor Vanderdendur quien tal te ha
parado? dixo Candido. Si, Senor, respondio el negro; asi es practica:
nos dan un par de calzoncillos de lienzo dos veces al ano para que nos
vistamos; quando trabajamos en los ingenios de azucar, y nos coge un
dedo la piedra del molino, nos cortan la mano; quando nos queremos
escapar, nos cortan una pierna: yo me he visto en ambos casos, y a ese
precio se come azucar en Europa; puesto que quando en la costa de
Guinea me vendio mi madre por dos escudos patagones, me dixo: Hijo
querido, da gracias a nuestros fetiches, y adoralos sin cesar, para
que vivas feliz; ya logras de ellos la gracia de ser esclavo de
nuestros senores los blancos, y de hacer afortunados a tu padre y a tu
madre. Yo no se iay! si los he hecho afortunados; lo que se es que
ellos me han hecho muy desdichado, y que los perros, los monos y los
papagayos lo son mil veces menos que nosotros. Los fetiches holandeses
que me han convertido, dicen que los blancos y los negros somos todos
hijos de Adan. Yo no soy genealogista, pero si los predicadores dicen
la verdad, todos somos primos hermanos; y cierto que no es posible
portarse de un modo mas horroroso con sus propios parientes.

O Panglos, exclamo Candido, esta abominacion no la habias tu
adivinado: se acabo, sera fuerza que abjure tu optimismo. ?Que es el
optimismo? dixo Cacambo. Ha, respondio Candido, es la mania de
sustentar que todo esta bien quando esta uno muy mal. Vertia lagrimas
al decirlo contemplando al negro, y entro llorando en Surinam.

Lo primero que preguntaron fue si habia en el puerto algun navio que
se pudiera fletar para Buenos-Ayres. El hombre a quien se lo
preguntaron era justamente un patron espanol que les ofrecio
ajustarse en conciencia con ellos, y les dio cita en una hosteria,
adonde Candido y Cacambo le fueron a esperar con sus carneros.

Candido que llevaba siempre el corazon en las manos conto todas sus
aventuras al Espanol, y le confeso que queria robar a la baronesita
Cunegunda. Ya me guardare yo, le respondio, de pasarlos a vms. a
Buenos-Ayres, porque seria irremisiblemente ahorcado, y vms. ni mas ni
menos; que la hermosa Cunegunda es la dama en privanza de Su
Excelencia. Este dicho fue una punalada en el corazon de Candido:
lloro amalgamente, y despues de su llanto, llamando aparte a Cacambo,
le dixo: Escucha, querido amigo, lo que tienes que hacer; cada uno de
nosotros lleva en el bolsillo uno o dos millones de pesos en
diamantes, y tu eres mas astuto que yo: vete a Buenos-Ayres, en busca
de Cunegunda. Si pone el gobernador alguna dificultad, dale cien mil
duros; si no basta, dale doscientos mil: tu no has muerto a inquisidor
ninguno, y nadie te perseguira. Yo fletare otro navio, y te ire a
esperar a Venecia; que es pais libre, donde no hay ni Bulgaros, ni
Abaros, ni Judios, ni inquisidores que temer. Pareciole bien a
Cacambo tan prudente determinacion, puesto que sentia a par de muerte
haberse de separar de amo tan bueno; pero la satisfaccion de servirle
pudo mas con el que el sentimiento de dexarle. Abrazaronse derramando
muchas lagrimas; Candido le encomendo que no se olvidara de la buena
vieja; y Cacambo se partio aquel mismo dia: el tal Cacambo era un
excelente sugeto.

Detuvose algun tiempo Candido en Surinam, esperando a que hubiese otro
patron que le llevase a Italia con los dos carneros que le habian,
quedado. Tomo criados para su servicio, y compro todo quanto era
necesario para un viage largo; finalmente se le presento el senor
Vanderdendur, armador de una gruesa embarcacion. ?Quanto pide vm., le
pregunto, por llevarme en derechura a Venecia, con mis criados, mi
bagage, y los dos carneros que vm. ve ? El patron pidio diez mil duros,
y Candido se los ofrecio sin rebaxa. iHola, hola! dixo entre si el
prudente Vanderdendur, ?con que este extrangero da diez mil duros sin
regatear? Menester es que sea muy rico. Volvio de alli a un rato, y
dixo que no podia hacer el viage por menos de veinte mil. Veinte mil
le dare a vm., dixo Candido. Toma, dixo en voz baxa el mercader, ?con
que da veinte mil duros con la misma facilidad que diez mil? Otra vez
volvio, y dixo que no le podia llevar a Venecia si no le daba treinta
mil duros. Pues treinta mil seran, respondio Candido. Ha, ha, murmuro
el holandes, treinta mil duros no le cuestan nada a este hombre; sin
duda que en los dos carneros lleva inmensos tesoros: no insistamos
mas; hagamos que nos pague los treinta mil duros, y luego veremos.
Vendio Candido dos diamantes, que el mas chico valia mas que todo
quanto dinero le habia pedido el patron, y le pago adelantado. Estaban
ya embarcados los dos carneros, y seguia Candido de lejos en una
lancha para ir al navio que estaba en la rada; el patron se aprovecha
de la ocasion, leva anclas, y sesga el mar llevando el viento en popa.
En breve le pierde de vista Candido confuso y desatentado. iAy!
exclamaba, esta picardia es digna del antiguo hemisferio. Vuelvese a
la playa anegado en su dolor, y habiendo perdido lo que bastaba para
hacer ricos a veinte monarcas. Fuera de si, se va a dar parte al juez
holandes, y en el arrebato de su turbacion llama muy recio a la
puerta, entra, cuenta su cuita, y alza la voz algo mas de lo que era
regular. Lo primero que hizo el juez fue condenaile a pagar diez mil
duros por la bulla que habia metido: oyole luego con mucha pachorra,
le prometio que examininaria el asunto asi que voliera el mercader, y
exigio otros diez mil duros por los derechos de audiencia.

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