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Annual Bibliography of Commonwealth Literature 2007
This paper argues that discourses of love in Ghanaian market literature for youth offer a view into complex negotiations of agency and empowerment. Drawing on Deborah Durham's notion of youth as "social `shifters'" and Francis Nyamnjoh's conception of the "interconnectedness" of agency, I take Ghanaian market literature as one specific case of how African literature for youth foregrounds questions of continuity and change as African societies enter into increasingly complex global relations. In this literature for youth, received notions of love, often constructed out of impressions from American pop and hip hop music, carry new notions of agency that compete with existing "domesticated" forms. Authors like Ike Tandoh and Evelyn Tay employ discourses of love to offer youth alternative avenues for empowerment in a context of socio-economic disenfranchizement. In a creative process of "straddling", this writing both reveals and reproduces the contradictions that obtain in youth configurations of agency.

Candido, o El Optimismo

V >> Voltaire >> Candido, o El Optimismo

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Si la hubiera padecido, confesaria vm. que no tienen comparacion los
terremotos con ella, puesto que es muy frequente en Africa, y que yo
la he pasado. Figurese vm. que situacion para la hija de un papa, de
quince anos de edad, que en el espacio de tres meses habia sufrido
pobreza y esclavidud, habia sido violada casi todos los dias, habia
visto hacer quatro pedazos a su madre, habia padecido las plagas de la
guerra y la hambre, y se moria de la peste en Argel. Verdad es que no
me mori; pero perecio mi eunuco, el Dey, y el serrallo casi todo.

Quando calmo un poco la desolacion de esta espantosa peste, vendieron
a los esclavos del Dey. Comprome un mercader que me llevo a Tunez,
donde me vendio a otro mercader, el qual me revendio en Tripoli; de
Tripoli me revendieron en Alexandria; de Alexandria en Esmyrna, y de
Esmyrna en Constantinopla: al cabo vine a parar a manos de un aga de
genizaros, que en breve tuvo orden de ir a defender a Azof contra los
Rusos que la tenian sitiada.

El aga, hombre de mucho merito, se llevo consigo todo su serrallo, y
nos alojo en un fortin sobre la laguna Meotides, a la guarda de dos
eunucos negros y veinte soldados. Fueron muertos millares de Rusos,
pero no nos quedaron a deber nada: Azof fue entrada a sangre y fuego,
y no se perdono edad ni sexo: solo quedo nuestro fortin, que los
enemigos quisieron tomar por hambre. Los veinte genizaros juraron no
rendirse; los apuros del hambre a que se vieron reducidos, los
forzaron a comerse a los dos eunucos, por no faltar al juramento; y
al cabo de pocos dias se resolvieron a comerse las mugeres.

Teniamos un iman, varon muy pio y caritativo, que les predico un
sermon eloquente, exhortandolos a que no nos mataran del todo.
Cortad, dixo, una nalga a cada una de estas senoras, con la qual os
regalareis a vuestro sabor; si es menester, les cortareis la otra
dentro de algunos dias: el cielo remunerara obra tan caritativa, y
recibireis socorro. Como era tan eloquente, los persuadio, y nos
hicieron tan horrorosa operacion. Pusonos el iman el mismo unguento
que se pone a las criaturas recien circuncidadas, y todas estabamos a
punto de muerte.

Apenas habian comido los genizaros la carne que nos habian quitado,
desembarcaron los Rusos en unos barcos chatos, y no se escapo con
vida ni siquiera un genizaro: los Rusos no pararon la consideracion
en el estado en que nos hallabamos. En todas partes se encuentran
cirujanos franceses; uno que era muy habil nos tomo a su cargo, y nos
curo: y toda mi vida me acordare de que, asi que se cerraron mis
llagas, me requesto de amores. Nos exhorto luego a tener paciencia,
afirmandonos que lo mismo habia sucedido en otros muchos sitios, y que
esa era la ley de la guerra.

Luego que pudieron andar mis companeras, las conduxeron a Moscou, y yo
cupe en suerte a un boyardo que me hizo su hortelana, y me daba veinte
zurriagazos cada dia. A cabo de dos anos fue desquartizado este senor,
por no se que tracamundana de palacio; y aprovechandome de la ocasion,
me escape, atravese la Rusia entera, y servi mucho tiempo en los
mesones, primero de Riga, y luego de Rostoc, de Vismar, de Lipsia, de
Casel, de Utrec, de Leyden, de la Haya, y de Roterdan. Asi he
envejecido en el oprobio y la miseria, con no mas que la mitad del
trasero, siempre acordandome de que era hija de un papa. Cien veces he
querido darme la muerte, mas me sentia con apego a la vida. Acaso esta
ridicula flaqueza es una de nuestras propensiones mas funestas; porque
?donde hay mayor necedad que empenarse en llevar continuamente encima
una carga que siempre anhela uno por tirar al suelo; horrorizarse de
su existencia, y querer existir; halagar en fin la vibora que nos esta
royendo, hasta que nos haya comido las entranas y el corazon?

En los paises adonde me ha llevado mi suerte, y en los mesones donde
he servido, he visto infinita cantidad de personas que maldecian su
existencia; pero no han pasado de doce las que he visto que daban
voluntariamente fin a sus cuitas: tres negros, quatro Ingleses, quatro
Ginebrinos, y un catedratico aleman llamado Robel. Al fin me tomo por
su criada el Judio Don Isacar, y me llevo, hermosa senorita, a casa
de vm., donde no he pensado mas queen la felicidad de vm.,
interesandome mas en sus aventuras que en las mias propias; y nunca
hubiera mentado siquiera mis cuitas, si no me hubiera vm. picado cun
poco, y si no fuese estilo de los que van embarcados contar cuentos
para matar el tiempo. Senorita, yo tengo experiencia, y se lo que es el
mundo: vaya vm. preguntando a cada pasagero uno por uno la historia
de su vida, y mande que me arrojen de cabeza en el mar, si encuentra
uno solo que no haya maldecido cien veces la existencia, y que no se
haya creido el mas desventurado de los mortales.





CAPITULO XIII.

_De como Candido tuvo que separarse por fuerza de la hermosa
Cunegunda y la vieja._


Oida la historia de la vieja, la hermosa Cunegunda la trato con toda la
urbanidad y decoro que se merecia una persona de tan alta gerarqui y
tanto merito, y admitio su propuesta. Rogo a todos los pasageros que
le contaran sus aventuras uno despues de otro, y Candido y ella
confesaron que tenia la vieja razon. iQue lastima es, decia Candido,
que hayan ahorcado, contra lo que es practica, al sabio Panglos en un
auto de fe! Cosas maravillosas nos diria cerca del mal fisico, y del
mal moral, que cubren mares y tierras, y yo tuviera valor para hacerle
con mucho respeto algunos reparillos.

Mientras contaba cada uno su historia, iba andando el navio, y al fin
aporto a Buenos-Ayres. Cunegunda, el capitan Candido y la vieja se
fueron a presentar al gobernador Don Fernando de Ibarra, Figueroa,
Mascarenas, Lampurdan y Souza, el qual senor tenia una arrogancia
que no desdecia de un sugeto posesor de tantos apellidos. Trataba a
los hombres con la mas noble altivez, alzando el pescuezo, hablando en
tan descompasadas y recias voces, y en tono tan altivo, y afectando
ademanes tan arrogantes, que a quantos le saludaban les venian
tentaciones de hartarle de bofetadas. Era con esto enamorado hasta no
mas, y Cunegunda le parecio la mas hermosa criatura de quantas habia
visto. Lo primero que hizo fue preguntar si era muger del capitan.
Sobresaltose Candido del tonillo con que acompano esta pregunta, y no
se atrevio a decir que fuese su muger, porque verdaderamente no lo
era; ni menos que fuese su hermana, porque no lo era tampoco; puesto
que esta mentira oficiosa era muy frequentemente usada do los
antiguos: pero el alma de Candido era tan pura que no pudo desmentir
la verdad. Esta Senorita, dixo, me debe favorecer con su mano, y
suplicamos ambos a Vueselencia que se digne ser padrino de los
novios. Oyendo esto Don Fernando de Ibarra, Figueroa, Mascarenas,
Lampurdan y Souza, se alzo con la izquierda mano los bigotes, se rio
con ademan burlon, y mando al capitan Candido que fuera a pasar
revista a su compania. Obedecio este, y se quedo el gobernador a
solas con la baronesita; le manifesto su amor, previniendola que el
dia siguiente seria su esposo por delante o por detras de la iglesia,
como mas a Cunegunda le potase. Pidiole esta un quarto de hora para
pensarlo bien, consultarlo con la vieja, y resolverse.

Entraron Cunegunda y la vieja en bureo, y esta dixo: Senorita, vm.
tiene setenta y dos quarteles y ni un ochavo, y esta en su mano ser
muger del senor mas principal de la America meridional, que tiene unos
estupendos bigotes, y asi no viene al caso echarla de incontrastable
firmeza. Los Bulgaros la violaron a vm.; un inquisidor y un Judio han
disfrutado sus favores: las desdichas dan derechos legitimos. Si yo
fuera vm., confieso que no tendria reparo ninguno en casarme con el
senor gobernador, y hacer rico al senor capitan Candido. Asi decia la
vieja con toda aquella autoridad que su prudencia y sus canas le
daban, y mientras estaba aferrando ancoras un navichuelo que traia un
alcalde y dos alguaciles; y era esta la causa de su arribo.

No se habia equivocado la vieja en sospechar que el ladron del dinero
y las joyas de Cunegunda en Badajoz, quando venia huyendo con
Candido, era un frayle Francisco de manga ancha. El frayle quiso
vender a un diamantista algunas de las piedras preciosas hurtadas, y
este conocio que eran las mismas que le habia comprado a el propio el
Inquisidor general. Fue preso el santo religioso, y confeso de plano a
quien y como las habia robado, y el camino que llevaban Candido y
Cunegunda. Ya se sabia la fuga de ambos: fueron pues en su seguimiento
hasta Cadiz, y sin perder tiempo salio un navio en su demanda. Ya
estaba la embarcacion al ancla en el puerto de Buenos-Ayres, y acudio
la voz de que iba a desembarcar un alcalde del crimen, que venia en
busca de los asesinos del ilustrisimo Senor Inquisidor general. Al
punto dio orden la discreta vieja en lo que habia que hacer. Vm. no se
puede escapar, dixo a Cunegunda, ni tiene nada que temer, que no fue
vm. quien mato a Su Ilustrisima; y fuera de eso el gobernador
enamorado no consentira que la toquen en el pelo de la ropa: con que
no hay que menearse. Va luego corriendo a Candido, y le dice:
Escapate, hijo mio, si no quieres que dentro de una hora te quemen
vivo. No daba el caso un instante de vagar; pero ?como se habia de
apartar de Cunegunda? ?y donde hallaria asilo?




CAPITULO XIV.

_Del recibimiento que a Candido y a Cacambo hicieron los jesuitas
del Paraguay._


Se habia traido consigo Candido de Cadiz uncriado corno se encuentran
muchos en los puertos de mar de Espana, que era un quarteron, hijo de
un mestizo de Tucuman, y que habia sido monaguillo, sacristan,
marinero, metedor, soldado y lacayo. Llamabase Cacambo, y queria
mucho a su amo, porque su amo era muy bueno. Ensillo en un abrir y
cerrar de ojos los dos caballos andaluces, y dixo a Candido: Vamos,
Senor, sigamos el consejo de la vieja, y echamos a correr sin mirar
siquiera hacia atras. Candido vertia amargas lagrimas diciendo: iOh
mi amada Cunegunda! ?con que es fuerza que te abandone quando iba el
senor gobernador a ser padrino de nuestras bodas? ?Que va a ser de mi
Cunegunda, que de tan lejos habia traido? Sera lo que Dios quisiere,
dixo Cacambo: las mugeres para todo encuentran salida; Dios las
remedia; vamonos. ?Adonde me llevas? ?adonde vamos? ?que nos haremos
sin Cunegunda? decia Candido. Voy a Santiago, replico Cacambo; vm.
venia con animo de pelear contra los jesuitas, pues vamos a pelear en
su favor. Yo se el camino, y le llevare a vm. a su reyno; y tendran
mucha complacencia en poseer un capitan que hace el exercicio a la
bulgara; vm. hara un inmenso caudal: que quando no tiene uno lo que ha
menester en un mundo, lo busca en el otro, y es gran satisfaccion ver
y hacer cosas nuevas. ?Con que tu ya has estado en el Paraguay? le
dixo Candido. Friolera es si he estado, replico Cacambo; he sido
pinche en el colegio de la Asuncion, y conozco el gobierno de los
padres lo mismo que las calles de Cadiz. Es un portento el tal
gobierno. Ya tiene mas de trescientas leguas de diametro, y se divide
en treinta provincias. Los padres son duenos de todo, y los pueblos
no tienen nada: es la obra maestra de la razon y la justicia. Yo por
mi no veo mas divina cosa que los padres, que aqui estan haciendo la
guerra a los reyes de Espana y Portugal, y confesandolos en Europa;
aqui matan a los Espanoles, y en Madrid les abren de par en par el
cielo: vaya, es cosa que me encanta. Vamos apriesa, que va vm. a ser
el mas afortunado de los humanos. iQue gusto para los padres, quando
sepan que les llega un capitan que sabe el exercicio bulgaro!

Asi que llegaron a la primera barrera, dixo Cacambo a la guardia
avanzada que un capitan queria hablar con el senor comandante. Fueron
a avisar a la gran guardia, y un oficial paraguayes fue corriendo a
echarse a los pies del comandante para darle parte de esta nueva.
Desarmaron primero a Candido y a Cacambo, y les cogieron sus
caballos andaluces; introduxeronlos luego entre dos filas de
soldados, al cabo de las quales estaba el comandante, con su bonete
de Teatino puesto, la espada cenida, la sotana remangada, y una
alabarda en la mano: hizo una sena, y al punto veinte y quatro
soldados rodearon a los recienvenidos. Dixoles un sargento que
esperasen, porque no les podia hablar el comandante, habiendo mandado
el padre provincial que ningun Espanol descosiese la boca como no
fuese en su presencia, ni se detuviese arriba de tres horas en el
pais. ?Y donde esta el reverendo padre provincial? dixo Cacambo. En
la parada, desde que dixo misa, y no podran vms. besarle las espuelas
hasta de aqui a tres horas. Si el senor capitan, que se esta muriendo
de hambre lo mismo que yo, dixo Cacambo, no es Espanol, que es Aleman;
con que me parece que podemos almorzar mientras llega Su
Reverendisima.

Fuese incontinenti el sargento a dar cuenta al comandante. Bendito sea
Dios, dixo este senor: una vez que es Aleman, bien podemos hablar;
llevenle a mi enramada. Llevaron al punto a Candido a un retrete de
verdura, ornado de una muy bonita colunata de marmol verde y color de
oro, y de enjaulados donde habia encerrados papagayos, paxaros-moscas,
colibries, gallinas de Guinea, y otros paxaros raros. Estaba servido
en vaxilla de oro un excelente almuerzo; y mientras comian granos de
maiz los Paraguayeses en escudillas de palo, y en campo raso al calor
del sol, se metio el padre reverendo en la enramada. Era este un mozo
muy galan, lleno de cara, blanco y colorado, las cejas altas y
arqueadas, los ojos despiertos, encarnadas las orejas, roxos los
labios, el ademan altivo, pero no aquella altivez de un Espanol, ni la
de un jesuita. Fueron restituidas a Candido y a Cacambo las armas que
les habian quitado, y con ellas los dos caballos andaluces; y Cacambo
les echo un pienso cerca de la enramada, sin perderlos de vista,
temiendo que le jugaran alguna treta.

Beso Candido la sotana del comandante, y se sentaron ambos a la mesa.
?Con que es vm. Aleman? le dixo el jesuita en este idioma. Si, padre
reverendisimo, dixo Candido. Miraronse uno y otro, al pronunciar estas
palabras, con un pasmo y una alteracion que no podian contener en el
pecho. ?De que pais de Alemania es vm.? dixo el jesuita. De la sucia
provincia de Vesfalia, replico Candido, natural de la quinta de
Tunder-ten-tronck. iDios mio! ?es posible? exclamo el comandante. iQue
portento! gritaba Candido. ?Es vm.? decia el comandante. No puede ser,
replicaba Candido. Ambos a dos se tiran uno a otro, se abrazan, y
derraman un mar de lagrimas. ?Con que es vm., reverendo padre? ivm.,
hermano de la hermosa Cunegunda; vm., que fue muerto por los Bulgaros;
vm., hijo del senor baron; vm., jesuita en el Paraguay! vaya, que en
este mundo se ven cosas extranas. iHa Panglos, Panglos, que jubilo
fuera el tuyo si no te hubieran ahorcado!

Hizo retirar el comandante a los esclavos negros y a los Paraguayeses,
que le escanciaban vinos preciosos en vasos de cristal de roca, y dio
mil veces gracias a Dios y a San Ignacio, estrechando en sus brazos a
Candido, mientras que por los rostros de ambos corrian copiosos
llantos. Mas se enternecera vm., se pasmara, y perdera el juicio,
continuo Candido, quando sepa que la baronesita su hermana, a quien
cree que le han pasado el vientre, esta buena y sana.--?Adonde?--Aqui
cerca, en casa del senor gobernador de Buenos-Ayres, y yo he venido
con ella a la guerra. Cada palabra que en esta larga conversacion
decian era un prodigio nuevo: toda su alma la tenian pendiente de la
lengua, atenta en los oidos, y brillandoles en los ojos. A fuer de
Alemanes, estuvieron largo espacio sentados a la mesa, mientras venia
el reverendo padre provincial; y el comandante hablo asi a su amado
Candido.




CAPITULO XV.

_Que cuenta la muerte gue dio Candido al hermano de su querida
Cunegunda._


Toda mi vida tendre presente aquel horrorosa dia que vi dar muerte a
mi padre y a mi madre, y violar a mi hermana. Quando se retiraron los
Bulgaros, nadie pudo dar lengua de esta adorable hermana, y echaron en
una carreta a mi madre, a mi padre, y a mi, a dos criadas, y tres
muchachos degollados, para enterrarnos en una iglesia de jesuitas, que
dista dos leguas de la quinta de mi padre. Un jesuita nos rocio con
agua bendita, que estaba muy salada; me entraron unas gotas en los
ojos, y advirtio el padre que hacian mis pestanas un movimiento de
contraccion; pusome la mano en el corazon, y le sintio latir: me
socorrieron, y al cabo de tres semanas me halle sano. Ya sabe vm.,
querido Candido, que era muy bonitillo; crecio mi hermosura con la
edad, de suerte que el reverendo padre Croust, rector de la casa, me
tomo mucho carino, y me dio el habito de novicio: poco despues me
enviaron a Roma. El padre general necesitaba una leva de jesuitas
alemanes mozos. Los soberanos del Paraguay admiten lo menos jesuitas
espanoles que pueden, y prefieren a los extrangeros, de quien se
tienen por mas seguros. El reverendo padre general me creyo bueno para
el cultivo de esta vina, y vinimos juntos un Polaco, un Tiroles, y yo.
Asi que llegue, me ordenaron de subdiacono, y me dieron una tenencia:
y ya soy coronel y sacerdote. Las tropas del rey de Espana seran
recibidas con brio, y yo salgo fiador de que se han de volver
excomulgadas y vencidas. La Providencia le ha traido a vm. aqui para
favorecernos. Pero ?es cierto que esta mi querida Cunegunda aqui cerca
en casa del gobernador de Buenos-Ayres? Candido le confirmo con
juramento la verdad de quanto le habia referido, y corrieron de nuevo
los llantos de entrambos.

No se hartaba el baron de dar abrazos a Candido, apellidandole su
hermano y su libertador. Acaso podremos, querido Candido, le dixo,
entrar vencedores los dos juntos en Buenos-Ayres, y recuperar a mi
hermana Cunegunda. No deseo yo otra cosa, respondio Candido, porque me
iba a casar con ella, y todavia espero ser su esposo. iTu, insolente!
replico el baron: itener descaro para casarte con mi hermana, que
tiene setenta y dos quarteles! iy tienes avilantez para hablarme de
tan temerario pensamiento! Confuso Candido al oir estas razones, le
respondio: Reverendo padre, no importan un bledo todos los quarteles
de este mundo; yo he sacado a la hermana de vuestra reverencia de
poder de un Judio y un inquisidor; ella me esta agradecida, y quiere
ser mi muger: maese Panglos me ha dicho que todos eramos iguales, y
Cunegunda ha de ser mia. Eso lo veremos, picaruelo, dixo el jesuita
baron de Tunder-ten-tronck, alargandole con la hoja de la espada un
cintarazo en los hocicos. Candido desenvayna la suya, y se la mete en
la barriga hasta la cazoleta al baron jesuita; pero, al sacarla
humeando en sangre, echo a llorar. iAy, Dios mio, dixo, que he quitado
la vida a mi amo antiguo, a mi amigo y mi cunado! El mejor hombre del
mundo soy, y ya llevo muertos tres hombres, y de estos tres los dos
son clerigos.

Acudio a la bulla Cacambo que estaba de centinela a la puerta de la
enramada. No nos queda mas que vender caras nuestras vidas, le dixo su
amo; sin duda van a entrar en la enramada: muramos con las armas en la
mano. Cacambo que no se atosigaba por nada, sin inmutarse cogio la
sotana del baron, se la echo a Candido encima, le puso el bonete de
Teatino del cadaver, y le hizo montar a caballo: todo esto se executo
en un momento. Galopemos, Senor: todo el mundo creera que es vm. un
jesuita que lleva ordenes, y antes que vengan tras de nosotros,
estaremos ya fuera de las fronteras. Todo fue uno el pronunciar estas
palabras, y volar gritando: Plaza, plaza al reverendo padre coronel.




CAPITULO XVI.

_Donde se da cuenta de los sucesos de nuestros dos caminantes con
dos muchachas, dos ximios, y los salvages llamados Orejones._


Ya habian pasado las barreras Candido y su criado, y todavia ninguno
en el campo sabia la muerte del jesuita tudeseo. El vigilante Cacambo
no se habia olvidado de hacer buen repuesto de pan, chocolate, jamon,
fruta, y botas de buen vino, y asi se metieron con sus caballos
andaluces en un pais desconocido, donde no descubrieron sendero
ninguno trillado: al cabo se ofrecio a su vista una hermosa pradera
regada de mil arroyuelos, y nuestros dos caminantes dexaron pacer sus
caballerias, Cacambo propuso a su amo que comiese, dandole con el
consejo el exemplo. ?Como quieres, le dixo Candido, que coma jamon,
despues de haber muerto al hijo del senor baron, y viendome condenado
a no volver a mirar a la bella Cunegunda? ?Que me valdra el alargar
mis desventurados anos, debiendo pasailos lejos de ella en los
remordimientos y la desesperacion? ?Que dira el diarista de Trevoux?

Dicho esto, no dexo de comer. El sol iba a ponerse, quando a deshora
oyen los dos asendereados caminantes unos blandos quejidos como de
mugeres; pero no sabian si eran de gusto o de sentimiento:
levantaronse empero a toda priesa con el susto y la inquietud que
qualquiera cosa infunde en un pais no conocido. Daban estos gritos
dos mozas en cueros, que corrian con mucha ligereza por la pradera, y
en su seguimiento iban dos ximios dandoles bocados en las nalgas.
Moviose Candido a compasion; habia aprendido a tirar con los
Bulgaros, y era tan diestro que derribaba una avellana del arbol sin
tocar a las hojas; cogio pues su escopeta madrilena de dos canones,
tiro, y mato ambos ximios. Bendito sea Dios, querido Cacambo, dixo,
que de tamano peligro he librado esas dos pobres criaturas: si cometi
un pecado en matar a un inquisidor y a un jesuita, ya he satisfecho a
Dios, librando de la muerte a dos muchachas, que acaso son senoritas
de circunstancias; y esta aventura no puede menos de grangearnos
mucho provecho en el pais. Iba a decir mas, pero se le helo la sangre
y el habla quando vio que las dos muchachas se abrazaban
amorosamente de los monos, inundaban en llanto los cadaveres, y
henchian el viento de los mas dolientes gritos. No esperaba yo tanta
bondad, dixo a Cacambo; el qual le replico: Buena la hemos hecho,
Senor. Los que vm. ha muerto eran los amantes de estas dos ninas.
iAmantes! ?como es posible? Cacambo, tu te estas burlando: ?como
quieres que tal crea?' Senor amado, replico Cacambo, vm. de todo se
pasma. ?Porque extrana tanto que en algunos paises sean los ximios
favorecidos de las damas, si son quarterones de hombre, lo mismo que
yo quarteron de Espanol? Ha, repuso Candido, bien me acuerdo de haber
oido decir a maese Panglos que antiguamente sucedian esos casos, y que
de estas mezelas procedieron los egypancs, los faunos, los satiros,
que vieron muchos principales personages de la antiguedad; pero yo
todo lo tenia por fabuloso. Ya puede vm. convencerse ahora, dixo
Cacambo, de que son verdades, y ya ve los estilos de la gente que no
ha tenido cierta educacion: lo que me temo, es que estas damas nos
metan en algun atolladero.

Persuadido Candido por tan solidas reflexiones, se desvio de la
pradera, y se metio en una selva, donde ceno con Cacambo; y despues
que hubieron ambos echado sendas maldiciones al inquisidor de
Portugal, al gobernador de Buenos-Ayres, y al baron, se quedaron
dormidos sobre la yerba. Al despertar sintieron que no se podian
menear; y era la causa que por la noche los Orejones, moradores del
pais, a quien habian dado el soplo las dos damas, los habian atado con
cuerdas hechas de cortezas de arboles. Cercabanlos unos cincuenta
Orejones desnudos, y armados con flechas, mazas y hachas de pedernal:
unos hacian hervir un grandisimo caldero, otros aguzaban asadores, y
todos clamaban: Un jesuita, un jesuita; ahora nos vengaremos, y nos
regalaremos; a comer jesuita, a comer jesuita.

Bien le habia yo dicho a vm., senor, dixo en triste voz Cacambo, que
las muchachas aquellas nos jugarian una mala pasada. Candido mirando
los asadores y el caldero, dixo: Sin, duda que van a cocernos o
asarnos. Ha, ?que diria el doctor Panglos si viera lo que es la pura
naturaleza? Todo esta bien, norabuena; pero confesemos que es triste
cosa haber perdido a mi Cunegunda, y ser espetado en un asador por
unos Orejones. Cacambo, que nunca se alteraba por nada, dixo al
desconsolado Candido: No se aflija vm., que yo entiendo algo el
guirigay de estos pueblos, y les voy a hablar. No dexes de
representarles, dixo Candido, que es una inhumanidad horrible el cocer
la gente en agua hirviendo, y accion de mal cristiano.

Senores, dixo alzando la voz Cacambo, vms. piensan que se van a comer
a un jesuita; y fuera muy bien hecho, que no hay cosa mas conforme a
justicia que tratar asi a sus enemigos. Efectivamente el derecho
natural ensena a matar al proximo, y asi es estilo en todo el mundo: y
si no exercitamos nosotros el derecho de comernoslos, consiste en que
tenemos otros manjares con que regalarnos; pero vosotros no estais en
el mismo caso, y cierto vale mas comerse a sus enemigos, que abandonar
a los cuervos y las cornejas el fruto de la victoria. Mas vms.,
senores, no se querran comer a sus amigos; y creen que van a espetar a
un jpsuita en el asador, mientras que el asado es vuestro defensor, y
enemigo de vuestros enemigos. Yo soy nacido en vuestro mismo pais;
este senor que estais viendo es mi amo, y lejos de ser jesuita, acaba
de matar a un jesuita, y se ha traido los despojos: este es el motivo
de vuestro error. Para verificar lo que os digo, coged su sotana,
llevadla a la primera barrera del reyno de los padres, e informaos si
es cierto que mi amo ha muerto a un jesuita. Poco tiempo sera
necesario, y luego nos podeis comer, si averiguais que es mentira;
pero si os he dicho la verdad, harto bien sabeis los principios de
derecho publico, la moral y las leyes, para que nos hagais mal.

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