Candido, o El Optimismo
V >>
Voltaire >> Candido, o El Optimismo
Pages:
1 | 2 |
3 |
4 |
5 |
6 |
7 |
8
Candido atonito, desatentado, confuso, ensangrentado y palpitante,
decia entre si: ?Si este es el mejor de los mundos posibles, como
seran los otros? Vaya con Dios, si no hubieran hecho mas que
espolvorearme las espaldas, que ya los Bulgaros me habian hecho el
mismo agasajo. Pero tu, caro Panglos, el mayor de los filosofos,
?porque te he visto ahorcar, sin saber por que? O mi amado
anabautista, tu que eras el mejor de los hombres, ?porque te has
ahogado en el puerto? Y tu, baronesita Cunegunda, perla de las ninas,
?porque te han sacado el redano? Volviase diciendo esto a su casa, sin
poderse tener en pie, predicado, azotado, absuelto, y bendito, quando
se le acerco una vieja que le dixo: Hijo mio, ten buen animo, y
sigueme.
CAPITULO VII.
_Que cuenta como una vieja remedio las cuitas de Candido, y como
topo este con su dama._
No cobro animo Candido, pero siguio a la vieja a una ruin casucha,
donde le dio su conductora un bote de pomada para untarse, y le dexo
de comer y de beber; luego le enseno una camita muy aseada, y al lado
de la cama un vestido completo: Come, hijo, bebe y duerme, le dixo, y
Nuestra Senora de Atocha, el senor San Antonio de Padua, y el senor
Santiago de Compostela se queden contigo: manana volvere. Confuso
Candido con todo quanto habia visto, y quanto habia padecido, y inas
todavia con la caridad de la vieja, le quiso besar la mano. No es mi
mano la que has de besar, le dixo la vieja; manana volvere. Untate con
la pomada, come y duerme.
No obstante sus muchas desventuras, comio y durmio Candido. Al otro
dia le trae la vieja de almorzar, le visita las espaldas, se las
estriega con otra pomada, y luego le trae de comer: a la noche vuelve,
y le trae que cenar. El tercer dia fue la misma ceremonia. ?Quien es
vm.? le decia Candido; ?quien le ha inspirado tanta bondad? ?como
puedo darle dignas gracias? La buena senora nunca respondia palabra,
pero volvio aquella noche, y no traxo que cenar. Ven conmigo, le dixo,
y no chistes; y diciendo esto agarro a Candido del brazo, y echo a
andar con el por el campo. A cosa de medio quarto de legua que
hubieron andado, llegaron a una casa sola, cercada de canales y
jardines. Llama la vieja a un postigo: abren, y lleva a Candido por
una escalera secreta a un gabinete dorado, donde le dexa sobre un
canape de terciopelo, cierra la puerta, y se marcha. A Candido se le
figuraba que sonaba, teniendo su vida entera por un sueno funesto, y
el momento actual por un sueno delicioso.
Presto volvio la vieja, sustentando con dificultad del brazo a una
muger que venia toda tremula, de magestuosa estatura, cubierta de
piedras preciosas, y tapada con un velo. Alza ese velo, dixo a Candido
la vieja. Arrimase el mozo, y alza con mano timida el velo. iQue
instante! ique pasmo! cree que esta viendo a su baronesita, a su
Cunegunda; y asi era la verdad, porque era ella propia. Faltale el
aliento, no puede articular palabra, y cae desmayado a sus plantas.
Cunegunda se cae sobre el canape: la vieja los inunda en aguas de
olor; vuelven en si, se hablan; primero en voces interrumpidas, en
preguntas y respuestas que no se dan vado unas a otras, en suspiros,
lagrimas y gritos. La vieja, recomendandoles que metan menos bulla,
los dexa libres. iCon que es vm., dice Candido! icon que la veo en
Portugal, y no ha sido violada, y no le han pasado de parte a parte
las entranas, como me habia dicho el filosofo Panglos! Si tal, replico
la hermosa Cunegunda, pero no siempre son mortales esos accidentes.
--?Y han sido muertos el padre y la madre de vm.?--Por mi desgracia,
si, respondio llorando Cunegunda.--?Y su hermano?--Mi hermano
tambien.--?Pues porque esta vm. en Portugal? ?como ha sabido que
tambien yo lo estaba? ?porque raro acaso me ha hecho venir a esta
casa? Todo lo dire, replico la dama; pero antes es forzoso que me diga
vm. quantos sucesos le han pasado desde el inocente beso que me dio, y
las patadas con que se le hicieron pagar.
Obedecio Candido con profundo respeto; y puesto que estaba confuso,
que tenia tremula y flaca la voz, y que aun le dolia no poco el
espinazo, conto con la mayor ingenuidad quanto desde el punto de su
separacion habia padecido. Alzaba Cunegunda los ojos al cielo, y
vertio tiernas lagrimas por la muerte del buen anabautista y de
Panglos; hablo despues como sigue a Candido, el qual no perdio una
palabra, y se la comia con los ojos.
CAPITULO VIII.
_Historia de Cunegunda._
Durmiendo a pierna suelta estaba en mi cama, quando plugo al cielo que
entraran los Bulgaros en nuestra soberbia quinta de Tunder-ten-tronck,
y degollaran a mi padre y a mi hermano, e hiciesen tajadas a mi madre.
Un pazguato de Bulgaro de dos varas y tercia, viendo que habia yo
perdido los sentidos con esta escena, se puso a violarme; con lo qual
volvi en mi, y empece a morder, a aranar, y a querer sacar los ojos al
Bulgarote, no sabiendo que era cosa de estilo quanto en la quinta de
mi padre estaba pasando; pero me dio el belitre una cuchillada junto a
la teta izquierda, que todavia me queda la senal. Ha, espero que me la
ensenara vm., dixo el ingenuo Candido. Ya la vera vm., dixo Cunegunda,
pero sigamos el cuento. Siga vm., replico Candido.
Anudo pues asi el hilo de su historia Cunegunda: Entro un capitan
bulgaro, que me vio llena de sangre, debaxo del soldado que no se
incomodaba; y enojado del poco respeto que le tenia el malandrin, le
mato encima de mi: hizome luego poner en cura, y me llevo prisionera
de guerra a su guarnicion. Alli lavaba las pocas camisas que el tenia,
y le guisaba la comida; el decia que era yo muy bonita, y tambien he
de confesar que era muy lindo mozo, y que tenia la carne suave y
blanca, pero poco entendimiento, y menos filosofia: y a tiro de
ballesta se echaba de ver que no le habia educado el doctor Panglos. A
cabo de tres meses perdio todo quanto dinero tenia, y no curandose mas
de mi, me vendio a un Judio llamado Don Isacar, que tenia casa de
comercio en Holanda y en Portugal, y se perdia por mugeres. Prendose
mucho de mi el tal Judio, pero nada pudo conseguir, que me he
resistido a el mas bien que al soldado bulgaro; porque una honrada
muger bien puede ser violada una vez, pero con ese mismo contratiempo
se fortalece su virtud. El Judio para domesticarme me ha traido a la
casa de campo que vm. ve. Hasta ahora habia creido que no habia en la
tierra mansion mas hermosa que la granja de Tunder-ten-tronck, pero ya
estoy desenganada de mi error.
El inquisidor general me vio un dia en misa, no me quito los ojos de
encima, y me mando a decir que me tenia que hablar de un asunto
secreto. Llevaronme a su palacio, y yo le dixe quien eran mis padres.
Representome entonces quanto desdecia de mi nobleza el pertenecer a un
israelita. Su Ilustrisima propuso a Don Isacar que le hiciera cesion
de mi; y este, que es banquero de palacio y hombre de mucho poder,
nunca tal quiso consentir. El inquisidor le amenazo con un auto de fe.
Al fin atemorizado mi Judio hizo un ajuste en virtud del qual la casa
y yo habian de ser de ambos de mancomun; el Judio se reservo los
lunes, los miercoles y los sabados, y el inquisidor los demas dias de
la semana. Seis meses ha que subsiste este convenio, aunque no sin
frequentes contiendas, porque muchas veces han disputado sobre si la
noche de sabado a domingo pertenecia a la ley antigua, o a la ley de
gracia. Yo empero a entrambas leyes me lie resistido hasta ahora, y
por este motivo pienso que me quieren tanto. Finalmente, por conjurar
la plaga de los terremotos, y por poner miedo a Don Isacar, le plugo
al Ilustrisimo senor inquisidor celebrar un auto de fe. Honrome
convidandome a la fiesta; me dieron uno de los mejores asientos, y se
sirvieron refrescos a las senoras en el intervalo de la misa y el
suplicio de los ajusticiados. Confieso que estaba sobrecogida de
horror de ver quemar a los dos Judios, y al honrado Vizcayno casado
con su comadre; pero ique asombro, que confusion y que susto fue el
mio quando vi con un sambenito y una coroza una cara parecida a la de
Panglos! Estregueme los ojos, mire con atencion, le vi ahorcar, y me
tomo un desmayo. Apenas habia vuelto en mi, quando le vi a vm. desnudo
de medio cuerpo: alli fue el cumulo de mi horror, mi consternacion, mi
desconsuelo, y mi desesperacion. Digo de verdad que la cutis de vm. es
mas blanca y mas encarnada que la de mi capitan de Bulgaros; y esta
vista aumento todos los afectos que abrumada y consumida me tenian. A
dar gritos iba, ya decir: deteneos, inhumanos; pero me falto la voz, y
habrian sido en balde mis gritos. Quando os hubieron azotado a su
sabor, decia yo entre mi: ?Como es posible que se encuentren en Lisboa
el amable Candido y el sabio Panglos; uno para llevar doscientos
azotes, y otro para ser ahorcado por orden del ilustrisimo Senor
inquisidor que tanto me ama? iQue cruelmente me enganaba Panglos,
quando me decia que todo era perfectisimo!
Agitada, desatentada, fuera de mi unas veces, y muriendome otras de
pesar, tenia preocupada la imaginacion con la muerte de mi padre, mi
madre y mi hermano, con la insolencia de aquel soez soldado bulgaro,
con la cuchillada que me dio, con mi oficio de lavandera y cocinera,
con mi capitan bulgaro, con mi sucio Don Isacar, con mi abominable
inquisidor, con la horca del doctor Panglos, con aquel gran miserere
en fabordon durante el qual le dieron a vm. doscientos azotes, y mas
que todo con el beso que di a vm. detras del biombo la ultima vez que
nos vimos. Di gracias a Dios que nos volvia a reunir por medio de
tantas pruebas, y encargue a mi vieja que cuidase de vm., y me le
traxese luego que fuese posible. Ha desempenado muy bien mi encargo, y
he disfrutado el imponderable gusto de volver a ver a vm., de oirle, y
de hablarle. Sin duda que debe tener una hambre canina, yo tambien,
tengo buenas ganas, con que cenemos antes de otra cosa.
Sentaronse pues ambos a la mesa, y despues de cenar se volvieron al
hermoso canape de que ya he hablado. Sobre el estaban, quando llego el
senor Don Isacar, uno de los dos amos de casa; que era sabado, y venia
a gozar sus derechos, y explicar su rendido amor.
CAPITULO IX.
_Prosiguen los sucesos de Cunegunda, Candido, el Inquisidor general,
y el Judio._
Era el tal Isacar el hebreo mas vinagre que desde la cautividad de
Babilonia se habia visto en Israel. ?Que es esto, dixo, perra Galilea?
?con que no te basta con el senor inquisidor, que tambien ese chulo
entra a la parte conmigo? Al decir esto saca un punal buido que
siempre llevaba en el cinto, y creyendo que su contrario no traia
armas, se tira a el. Pero la vieja habia dado a nuestro buen
Vesfaliano una espada con el vestido completo que hemos dicho:
desenvaynola Candido, y derribo en el suelo al Israelita muerto,
puesto que fuese de la mas mansa indole.
iVirgen Santisima! exclamo la hermosa Cunegunda; ?que sera de
nosotros? iUn hombre muerto en mi casa! Si viene la justicia, soy
perdida. Si no hubieran ahorcado a Panglos, dixo Candido, el nos daria
consejo en este apuro, porque era eminente filosofo; pero pues el nos
falta, consultemos con la vieja. Era esta muy discreta, y empezaba a
decir su parecer, quando abrieron otra puertecilla. Era la una de la
noche; habia ya principiado el domingo, dia que pertenecia al senor
inquisidor. Al entrar este ve al azotado Candido con la espada en la
mano, un muerto en el suelo, Cunegunda asustada, y la vieja dando
consejos.
En este instante le ocurrieron a Candido las siguientes ideas, y
discurrio asi: Si pide auxilio este varon santo, infaliblemente me
hara quemar, y otro tanto podra hacer a Cunegunda; me ha hecho azotar
sin misericordia, es mi contrincante, y yo estoy de vena de matar;
pues no hay que detenerse. Fue este discurso tan bien hilado como
pronto; y sin dar tiempo a que se recobrase el inquisidor del primer
susto, le paso de parte a parte de una estocada, y le dexo tendido
cabe el Judio. Buena la tenemos, dixo Cunegunda: ya no hay remision;
estamos excomulgados, y es llegada nuestra ultima hora. ?Como ha hecho
vm., siendo de tan suave condicion, para matar en dos minutos a un
prelado y a un Judio? Hermosa senorita, respondio, quando uno esta
enamorado, zeloso, y azotado por la inquisicion, no sabe lo que se
hace.
Rompio entonces la vieja el silencio, y dixo: En la caballeriza hay
tres caballos andaluces con sus sillas y frenos; ensillelos el
esforzado Candido; esta senora tiene moyadores y diamantes; montemos a
caballo, y vamos a Cadiz, puesto que yo no me puedo sentar mas que
sobre una nalga. El tiempo esta hermosisimo, y da contento caminar con
el fresco de la noche.
Ensillo volando Candido los tres caballos, y Cunegunda, el, y la vieja
anduvieron diez y seis leguas sin parar. Mientras que iban andando,
vino a la casa de Cunegunda la santa hermandad, enterraron a Su
Ilustrisima en una suntuosa iglesia, y a Isacar le tiraron a un
muladar.
Ya estaban Candido, Cunegunda y la vieja en la villa de Aracena, en
mitad de los montes de Sierra-Morena, y decian lo que sigue en un
meson.
CAPITULO X.
_De la triste situacion en que, se vieron Candido, Cunegunda y la
vieja; de su arribo a Cadiz, y como se embarcaron para America._
?Quien me habra robado mis doblones y mis diamantes? decia llorando
Cunegunda; ?como hemos de vivir? ?que hemos de hacer? ?donde he de
hallar
inquisidores y Judios que me den otros? iAy! dixo la vieja, mucho me
sospecho de un reverendo padre Franciscano que ayer durmio en Badajoz
en nuestra posada. Libreme Dios de hacer juicios temerarios; pero el
dos veces entro en nuestro quarto, y se fue mucho antes que nosotros.
Ha, dixo Candido, muchas veces me ha probado el buen Panglos que los
bienes de la tierra son comunes de todos, y cada uno tiene igual
derecho a su posesion. Conforme a estos principios, nos habia de haber
dexado el padre para acabar nuestro camino. ?Con que no te queda nada,
hermosa Cunegunda? Ni un maravedi, respondio esta. ?Y que nos haremos?
exclamo Candido. Vendamos uno de los caballos, dixo la vieja; yo
montare a las ancas de el de la senorita, puesto que no me puedo
sentar mas que sobre una nalga, y asi llegaremos a Cadiz.
En el mismo meson habia un prior de Benitos, que compro barato el
caballo. Candido, Cunegunda y la vieja atravesaron a Lucena, a Cilla,
y a Lebrixa, y llegaron en fin a Cadiz, donde estaban armando una
esquadra para poner en razon a los reverendos padres jesuitas del
Paraguay, que habian excitado a uno de sus aduares de Indios contra
los reyes de Espana y Portugal, cerca de la colonia del Sacramento.
Candido, que habia servido en la tropa bulgara, hizo a presencia del
general de aquel pequeno exercito el exercicio a la bulgara con tanto
donayre, ligereza, mana, agilidad y desembarazo, que le dio este el
mando de una compania de infanteria. Hetele pues capitan; con esta
graduacion se embarco en compania de su Cunegunda, de la vieja, de dos
criados, y de los dos caballos andaluces que habian sido del senor
inquisidor general de Portugal.
En la travesia discurrieron largamente cerca de la filosofia del pobre
Panglos. Vamos a otro mundo, decia Candido, y sin duda que en el es
donde todo esta bien; porque en este nuestro hemos de confesar que hay
sus defectillos en lo fisico y en lo moral. Yo te quiero con toda mi
alma, decia Cunegunda; pero todavia llevo el corazon traspasado con lo
que he visto, y lo que he padecido. Todo ira bien, replico Candido; ya
el mar de este nuevo mundo vale mas que nuestros mares de Europa, que
es mas bonancible, y los vientos son mas constantes: no cabe duda de
que el nuevo mundo es el mejor de los mundos posibles. Plega a Dios,
dixo Cunegunda; pero tan horrorosas desgracias han pasado por mi en el
mio, que apenas si queda en mi corazon resquicio de esperanza. Vms. se
quejan, les dixo la vieja; pues sepan que no han experimentado
desventuras como las mias. Sonriose Cunegunda del disparate de la
buena muger que se alababa de ser mas desdichada que ella. iAy! le
dixo, madre, a menos que haya vm. sido violada por dos Bulgaros, que
le hayan dado dos cuchilladas en la barriga, que hayan demolido dos de
sus granjas, que hayan degollado en su presencia dos padres y dos
madres de vm., y que haya visto a dos de sus amantes azotados en un
auto de fe, no se como pueda haber corrido mayores borrascas: sin
contar que he nacido baronesa con setenta y dos quarteles en mi escudo
de armas, y he sido cocinera. Senorita, replico la vieja, vm. no sabe
qual ha sido mi cuna; y si le ensenara mi trasero, no hablaria del
modo que habla, y suspenderia el juicio. Excito esta replica fuerte
curiosidad en los animos de Candido y Cunegunda, y la vieja la
satisfizo en las siguientes razones.
CAPITULO XI.
_Que cuenta la historia de la vieja._
No siempre he tenido yo los ojos laganosos y ribeteados de escarlata;
no siempre se ha tocado mi barba con mis narices, ni he sido siempre
criada de servicio. Soy hija del papa Urbano X y la princesa de
Palestrina. Hasta que tuve catorce anos, me criaron en un palacio al
qual no hubieran podido servir de caballeriza todas las quintas de
barones tudescos, y era mas rico uno de mis trages que todas las
magnificencias de la Vesfalia. Crecia en gracia, en talento y beldad,
en medio de gustos, respetos y esperanzas, y ya inspiraba amor.
Formabase mi pecho; pero ique pecho! blanco, duro, de la forma del de
la ve nus de Medicis; iy que ojos! ique pestanas! ique negras cejas!
ique llamas salian de las ninas de mis ojos, que eclipsaban el
resplandor de los astros, segun decian los poetas de mi barrio! Las
doncellas que me desnudaban y me vestian se quedaban absortas quando
me contemplaban por detras y por delante; y todos los hombres se
hubieran querido hallar en su lugar.
Celebraronse mis desposorios con un principe soberano de Masa-Carrara.
iDios mio! ique principe! tan lindo como yo; ayroso, y de la condicion
mas blanda, del mas agudo ingenio, y perdido por mi de amores: yo le
amaba como quien quiere por la vez primera, esto es que le idolatraba.
Dispusieronse las bodas con pompa y magnificencia nunca vista: todo
era fiestas, torneos, operas bufas; y en toda Italia se hicieron
sonetos en mi elogio, de los quales ninguno hubo que no fuera rematado
de malo. Ya rayaba la aurora de mi felicidad, quando una marquesa
vieja, a quien habia cortejado mi principe, le convido a tomar
chocolate con ella, y el desventurado murio al cabo de dos horas en
horribles convulsiones; pero esto es friolera para lo que falta.
Desesperada mi madre, puesto que mucho menos desconsolada que yo,
quiso perder de vista por algun tiempo esta funesta mansion. Teniamos
una hacienda muy pingue en las inmediaciones de Gaeta, y nos
embarcamos para este puerto en una galera del pais, dorada como el
altar de San Pedro en Roma. Hete aqui un pirata de Sale que nos da
caza y nos aborda: nuestros soldados se defendieron como buenos
soldados del papa, es decir que tiraron las armas y se hincaron de
rodillas, pidiendo al pirata la absolucion _in articulo mortis_.
En breve los desnudaron de pies a cabeza, y lo mismo hicieron con mi
madre, con nuestras doncellas, y conmigo. Cosa portentosa es de ver
con que presteza desnudan estos caballeros a la gente; pero lo que mas
extrane, fue que a todos nos metieron el dedo en un sitio donde
nosotras las mugeres no estamos acostumbradas a meter mas que canutos
de xeringa. Pareciome muy rara esta ceremonia; que asi falla de todo
el que no ha salido de su pais: mas luego supe que era por ver si en
aquel sitio habiamos escondido algunos diamantes, y que es estilo
establecido de tiempo inmemorial en las naciones civilizadas que andan
barriendo los mares, y que los senores religiosos caballeros de Malta
nunca le omiten quando apresan a Turcos o Turcas, porque es ley del
derecho de gentes, que nunca ha sido quebrantada.
No dire si fue cosa dura para una princesa joven que la llevaran
cautiva a Marruecos con su madre; bien se pueden vms. figurar quanto
padeceriamos en el navio pirata. Mi madre todavia era muy hermosa;
nuestras camareras, y hasta nuestras meras criadas eran mas lindas que
quantas mugeres pueden hallarse en el Africa toda; y yo era un
embeleso, el epilogo de la beldad y la gracia, y era doncella; pero no
lo fui mucho tiempo, que el arraez del barco me robo la flor que
estaba destinada para el precioso principe de Masa-Carrara. Este
arraez era un negro abominable, que creia que me honraba con sus
caricias. Sin duda la princesa de Palestrina y yo debiamos de ser muy
robustas, quando resistimos a todo quanto pasamos hasta llegar a
Marruecos. Pero vernos adelante, que son cosas tan comunes que no
merecen mentarse siquiera.
Quando llegamos, corrian rios de sangre por Marruecos; cada uno de los
cincuenta hijos del emperador Muley-Ismael tenia su partido aparte, lo
qual componia cincuenta guerras civiles distintas de negros contra
negros, de negros contra moros, de moros contra moros, de mulatos
contra mulatos; y todo el ambito del imperio era una continua
carniceria.
Apenas hubimos desembarcado, acudieron unos negros de una faccion
enemiga de la de mi pirata para quitarle el botin. Despues del oro y
los diamantes, la cosa de mas precio que habia eramos nosotras; y
presencie un combate qual nunca se ve igual en nuestros climas
europeos, porgue no tienen los pueblos septentrionales tan ardiente
la sangre, ni es en ellos la pasion a las mugeres lo que es entre los
Africanos. Parece que los Europeos tienen leche en las venas, mientras
que por las de los moradores del monte Atlante y paises inmediatos
corre fuego y polvora. Pelearon con la furia de los leones, los
tigres, y las sierpes de la comarca, para saber quien habia de ser
dueno nuestro. Agarro un moro de mi madre por el brazo derecho, el
teniente del barco la tiro hacia el por el izquierdo; un soldado moro
la cogio de una pierna, y uno de los piratas asio de la otra; y casi
todas nuestras doncellas se encontraron en un momento tiradas de
quatro soldados. Mi capitan se habia puesto delante de mi, y
blandiendo la cimitarra daba la muerte a quantos a su furor se
oponian. Finalmente vi a todas nuestras Italianas y a mi madre
estropeadas, acribilladas de heridas, y hechas tajadas por los
monstruos que batallaban por su posesion; mis companeros cautivos, los
que los habian cautivado, soldados, marineros, negros, blancos,
mestizos, mulatos, y mi capitan en fin, todos fueron muertos, y yo
quede moribunda encima de un monton de cadaveres. Las mismas escenas
se repetian, como es sabido, en un espacio de mas de trescientas
leguas, sin que nadie faltase a las cinco oraciones al dia que manda
Mahoma.
Zafeme con mucho trabajo de tanta multitud de sangrientos cadaveres
amontonados, y llegue arrastrando al pie de un naranjo grande que
habia a orillas de un arroyo inmediato: alli me cai rendida del susto,
del cansancio, del horror, de la desesperacion, y del hambre. En breve
mis sentidos postrados se entregaron a un sueno que mas que sosiego
era letargo. En este estado de insensibilidad y flaqueza estaba entre
la vida y la muerte, quando me senti comprimida por una cosa que
bullia sobre mi cuerpo; y abriendo los ojos, vi a un hombre blanco y
de buena traza, que suspirando decia entre dientes: _O che sciagura
d'essere senza cogl...._
CAPITULO XII.
_Donde prosigue la historia de la vieja._
Atonita quanto alborozada de oir el idioma de mi patria, extranando
empero las palabras que decia aquel hombre, le respondi que mayores
desgracias habia que el desman de que se lamentaba, informandole en
pocas razones de los horrores que habia sufrido; despues de esto me
volvi a desmayar. Llevome a una casa inmediata, hizo que me metieran
en la cama, y me dieran de comer, me sirvio, me consolo, me halago, me
dixo que no habia visto en su vida criatura mas hermosa, ni habia
nunca sentido mas que le faltara lo que nadie podia suplir. Naci en
Napoles, me dixo, donde capan todos los anos dos o tres mil
chiquillos: unos se mueren, otros sacan mejor voz que las mugeres, y
otros van a gobernar estados. Me hicieron la operacion susodicha con
suma felicidad, y he sido musico de la capilla de la senora princesa
de Palestrina. iDe mi madre! exclame. iDe su madre de vm.! exclamo el
llorando. iCon que es vm. aquella princesita que crie yo hasta que
tuvo seis anos, y daba nuestras de ser tan hermosa como es vm.!--Esa
misma soy, y mi madre esta quatrocientos pasos de aqui, hecha tajadas,
baxo un monton de cadaveres...... Contele entonces quanto me habia
sucedido, y el tambien me dio cuenta de sus aventuras, y me dixo que
era ministro plenipotenciario de una potencia cristiana cerca del rey
de Marruecos, para firmar un tratado con este monarca, en virtud del
qual se le subministraban navios, canones y polvora, para ayudarle a
exterminar el comercio de los demas cristianos. Ya esta desempenada mi
comision, anadio el honrado eunuco, y me voy a embarcar a Ceuta, de
donde la llevare a vm. a Italia. _Ma che sciagura, d'essere senza
cogl...._
Dile las gracias vertiendo tiernas lagrimas; y en vez de llevarme a
Italia, me conduxo a Argel, y me vendio al Dey. Apenas me habia
vendido, se manifesto en la ciudad con toda su furia aquella peste que
ha dado la vuelta por Africa, Europa y Asia. Senorita, vm. ha visto
temblores de tierra, pero ?ha padecido la peste? Nunca, respondio la
baronesa.
Pages:
1 | 2 |
3 |
4 |
5 |
6 |
7 |
8