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Editorial
This article examines the wide range of anonymous and pseudonymous naming practices to be found in West African newspapers between the 1880s and 1930s, and asks about the shape of a West African history of anonymity as compared with recent histories of anonymity in European literature. The article also discusses the ways in which colonial West African uses of anonymity and pseudonyms challenge postcolonial scholarship on agency, subjectivity, resistance, authenticity and identity.

Candido, o El Optimismo

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CANDIDO,

O

EL OPTIMISMO,

VERSION DEL ORIGINAL TUDESCO DEL DR. RALPH,

Con las adiciones que se han hallado en los papeles del Doctor,
despues de su fallecimiento en Minden, el ano 1759 de nuestra
redencion.




CAPITULO PRIMERO.

_Donde se da cuenta de como fue criado Candido en una hermosa
quinta, y como de ella fue echado a patadas._


En la quinta del Senor baron de Tunderten-tronck, titulo de la
Vesfalia, vivia un mancebo que habia dotado de la indole mas apacible
naturaleza. Viase en su fisonomia su alma: tenia bastante sano juicio,
y alma muy sensible; y por eso creo que le llamaban Candido.
Sospechaban los criados antiguos de la casa, que era hijo de la
hermana del senor baron, y de un honrado hidalgo, vecino suyo, con
quien jamas consintio en casarse la doncella, visto que no podia
probar arriba de setenta y un quarteles, porque la injuria de los
tiempos habia acabado con el resto de su arbol genealogico.

Era el senor baron uno de los caballeros mas poderosos de la Vesfalia;
su quinta tenia puerta y ventanas, y en la sala estrado habia una
colgadura. Los perros de su casa componian una xauria quando era
menester; los mozos de su caballeriza eran sus picadores, y el
teniente-cura del lugar su primer capellan: todos le daban senoria, y
se echaban a reir quando decia algun chiste.

La senora baronesa que pesaba unas catorce arrobas, se habia grangeado
por esta prenda universal respeto, y recibia las visitas con una
dignidad que la hacia aun mas respetable. Cunegunda, su hija, doncella
de diez y siete anos, era rolliza, sana, de buen color, y muy
apetitosa muchacha; y el hijo del baron en nada desdecia de su padre.
El oraculo de la casa era el preceptor Panglos, y el chicuelo Candido
escuchaba sus lecciones con toda la docilidad propia de su edad y su
caracter.

Demostrado esta, decia Panglos, que no pueden ser las cosas de otro
modo; porque habiendose hecho todo con un fin, no puede menos este de
ser el mejor de los fines. Notese que las narices se hicieron para
llevar anteojos, y por eso nos ponemos anteojos; las piernas
notoriamente para las calcetas, y por eso se traen calcetas; las
piedras para sacarlas de la cantera y hacer quintas, y por eso tiene
Su Senoria una hermosa quinta; el baron principal de la provincia ha
de estar mas bien aposentado que otro ninguno: y como los marranos
nacieron para que se los coman, todo el ano comemos tocino. De suerte
que los que han sustentado que todo esta bien, han dicho un disparate,
porque debian decir que todo esta en el ultimo apice de perfeccion.

Escuchabale Candido con atencion, y le creia con inocencia, porque la
senorita Cunegunda le parecia un dechado de lindeza, puesto que nunca
habia sido osado a decirselo. Sacaba de aqui que despues de la
imponderable dicha de ser baron de Tunder-ten-tronck, era el segundo
grado el de ser la senorita Cunegunda, el tercero verla cada dia, y el
quarto oir al maestro Panglos, el filosofo mas aventajado de la
provincia, y por consiguiente del orbe entero.

Paseandose un dia Cunegunda en los contornos de la quinta por un
tallar que llamaban coto, por entre unas matas vio al doctor Panglos
que estaba dando lecciones de fisica experimental a la doncella de
labor de su madre, morenita muy graciosa, y no menos docil. La nina
Cunegunda tenia mucha disposicion para aprender ciencias; observo pues
sin pestanear, ni hacer el mas minimo ruido, las repetidas
experiencias que ambos hacian; vio clara y distintamente la razon
suficiente del doctor, sus causas y efectos, y se volvio desasosegada
y pensativa, preocupada del anhelo de adquirir ciencia, y figurandose
que podia muy bien ser ella la razon suficiente de Candido, y ser este
la suya.

De vuelta a la quinta encontro a Candido, y se abochorno, y Candido se
puso tambien colorado. Saludole Cunegunda con voz tremula, y
correspondio Candido sin saber lo que se decia. El dia siguiente,
despues de comer, al levantarse de la mesa, se encontraron detras de
un biombo Candido y Cunegunda; esta dexo caer el panuelo, y Candido le
alzo del suelo; ella le cogio la mano sin malicia, y sin malicia
Candido estampo un beso en la de la nina, pero con tal gracia, tanta
viveza, y tan tierno carino, qual no es ponderable; toparonse sus
bocas, se inflamaron sus ojos, les temblaron las rodillas, y se les
descarriaron las manos.... En esto estaban quando acerto a pasar por
junto al biombo el senor baron de Tunder-ten-tronck, y reparando en
tal causa y tal efecto, saco a Candido fuera de la quinta a patadas en
el trasero. Desmayose Cunegunda; y quando volvio en si, le dio la
senora baronesa una mano de azotes; y reyno la mayor consternacion en
la mas hermosa y deleytosa quinta de quantas existir pueden.




CAPITULO II.

_De lo que sucedio a Candido con los Bulgaros._


Arrojado Candido del paraiso terrenal fue andando mucho tiempo sin
saber adonde se encaminaba, lloroso, alzando los ojos al cielo, y
volviendolos una y mil veces a la quinta que la mas linda de las
baronesitas encerraba; al fin se acosto sin cenar, en mitad del campo
entre dos surcos. Caia la nieve a chaparrones, y al otro dia Candido
arrecido llego arrastrando como pudo al pueblo inmediato llamado
Valdberghof-trabenk-dik-dorf, sin un ochavo en la faltriquera, y
muerto de hambre y fatiga. Parose lleno de pesar a la puerta de una
taberna, y repararon en el dos hombres con vestidos azules. Cantarada,
dixo uno, aqui tenemos un gallardo mozo, que tiene la estatura que
piden las ordenanzas. Acercaronse al punto a Candido, y le convidaron
a comer con mucha cortesia. Caballeros, les dixo Candido con la mas
sincera modestia, mucho favor me hacen vms., pero no tengo para pagar
mi parte. Caballero, le dixo uno de los azules, los sugetos de su
facha y su merito nunca pagan. ?No tiene vm. dos varas y seis dedos?
Si, senores, esa es mi estatura, dixo haciendoles una cortesia. Vamos,
caballero, sientese vm. a la mesa, que no solo pagaremos, sino que no
consentiremos que un hombre como vm. ande sin dinero; que entre gente
honrada nos hemos de socorrer unos a otros. Razon tienen vms., dixo
Candido; asi me lo ha dicho mil veces el senor Panglos, y ya veo que
todo esta perfectisimo. Le ruegan que admita unos escudos; los toma, y
quiere dar un vale; pero no se le quieren, y se sientan a la mesa.--?No
quiere vm. tiernamente?... Si, Senores, respondio Candido, con la
mayor ternura quiero a la baronesita Cunegunda. No preguntamos eso, le
dixo uno de aquellos dos senores, sino si quiere vm. tiernamente al
rey de los Bulgaros. No por cierto, dixo, porque no le he visto en mi
ida.--Vaya, pues es el mas amable de los reyes, ?Quiere vm. que
brindemos a su salud?--Con mucho gusto, senores; y brinda. Basta con
eso, le dixeron, ya es vm. el apoyo, el defensor, el adalid y el heroe
de los Bulgaros; tiene segura su fortuna, y afianzada su gloria.
Echaronle al punto un grillete al pie, y se le llevaron al regimiento,
donde le hicieron volverse a derecha y a izquierda, meter la baqueta,
sacar la baqueta, apuntar, hacer fuego, acelerar el paso, y le dieron
treinta palos: al otro dia hizo el exercicio algo menos jual, y no le
dieron mas de veinte; al tercero, llevo solamente diez, y le tuvieron
sus camaradas por un portento.

Atonito Candido aun no podia entender bien de que modo era un heroe.
Pusosele en la cabeza un dia de primavera irse a paseo, y siguio su
camino derecho, presumiendo que era prerogativa de la especie humana,
lo mismo que de la especie animal, el servirse de sus piernas a su
antojo. Mas apenas habia andado dos leguas, quando heteme otros quatro
heroes de dos varas y tercia, que me lo agarran, me le atan, y me le
llevan a un calabozo, Preguntaronle luego juridicamente si queria mas
pasar treinta y seis veces por baquetas de todo el regimiento, o
recibir una vez sola doce balazos en la mollera. Inutilmente alego que
las voluntades eran libres, y que no queria ni una cosa ni otra, fue
forzoso que escogiese; y en virtud de la dadiva de Dios que llaman
libertad, se resolvio a pasar treinta y seis veces baquetas, y sufrio
dos tandas. Componiase el regimiento de dos mil hombres, lo qual hizo
justamente quatro mil baquetazos que de la nuca al trasero le
descubrieron musculos y nervios. Iban a proceder a la tercera tanda,
quando Candido no pudiendo aguantar mas pidio por favor que se le
hicieran de levantarle la tapa de los sesos; y habiendo conseguido tan
senalada merced, le estaban vendando los ojos, y le hacian hincarse de
rodillas, quando acerto a pasar el rey de los Bulgaros, que
informandose del delito del paciente, como era este rey sugeto de
mucho ingenio, por todo quanto de Candido le dixeron, echo de ver que
era un aprendiz de metafisica muy bisono en las cosas de este mundo, y
le otorgo el perdon con una clemencia que fue muy loada en todas las
gacetas, y lo sera en todos los siglos. Un diestro cirujano curo a
Candido con los emolientes que ensena Dioscorides. Un poco de cutis
tenia ya, y empezaba a poder andar, quando dio una batalla el rey de
los Bulgaros al de los Abaros.




CAPITULO III.

_De que modo se libro Candido de manos de los Bulgaros, y de lo que
le sucedio despues._


No habia cosa mas hermosa, mas vistosa, mas lucida, ni mas bien
ordenada que ambos exercitos: las trompetas, los pifanos, los
atambores, los obues y los canones formaban una harmonia qual nunca
la hubo en los infiernos. Primeramente los canones derribaron unos
seis mil hombres de cada parte, luego la fusileria barrio del mejor de
los mundos unos nueve o diez mil bribones que inficionaban su
superficie; y finalmente la bayoneta fue la razon suficiente de la
muerte de otros quantos miles. Todo ello podia sumar cosa de treinta
millares. Durante esta heroica carniceria, Candido, que temblaba como
un filosofo, se escondio lo mejor que supo.

Mientras que hacian cantar un _Te Deum_ ambos reyes cada uno en
su campo, se resolvio nuestro heroe a ir a discurrir a otra parte
sobre las causas y los efectos. Paso por encima de muertos y
moribundos hacinados, y llego a un lugar inmediato que estaba hecho
cenizas; y era un lugar abaro que conforme a las leyes de derecho
publico habian incendiado los Bulgaros: aqui, unos ancianos
acribillados de heridas contemplaban exhalar el alma a sus esposas
degolladas; mas alla, daban el postrer suspiro virgenes pasadas a
cuchillo despues de haber saciado los deseos naturales de algunos
heroes; otras medio tostadas clamaban por que las acabaran de matar;
la tierra estaba sembrada de sesos al lado de brazos y piernas
cortadas.

Huyose a toda priesa Candido a otra aldea que pertenecia a los
Bulgaros, y que habia sido igualmente tratada por los heroes abaros.
Al fin caminando sin cesar por cima de miembros palpitantes, o
atravesando ruinas, salio al cabo fuera del teatro de la guerra, con
algunas cortas provisiones en la mochila, y sin olvidarse un punto de
su Cunegunda. Al llegar a Holanda se le acabaron las provisiones; mas
habiendo oido decir que la gente era muy rica en este pais, y que eran
cristianos, no le quedo duda de que le darian tan buen trato como el
que en la quinta del senor baron le habian dado, antes de haberle
echado a patadas a causa de los buenos ojos de Cunegunda la
baronesita.

Pidio limosna a muchos sugetos graves que todos le dixeron que si
seguia en aquel oficio, le encerrarian en una casa de correccion, para
ensenarle a vivir sin trabajar. Dirigiose luego a un hombre que
acababa de hablar una hora seguida en una crecida asamblea sobre la
caridad, y el orador, mirandole de reojo, le dixo: ?A que vienes
aqui? ?estas por la buena causa? No hay efecto sin causa, respondio
modestamente Candido; todo esta encadenado por necesidad, y ordenado
para lo mejor: ha sido necesario que me echaran de casa de la
baronesita Cunegunda, y que pasara baquetas, y es necesario que
mendigue el pan hasta que le pueda ganar; nada de esto podia menos de
suceder. Amiguito, le dixo el orador, ?crees que el papa es el
ante-cristo? Nunca lo habia oido, respondio Candido; pero, sealo o no
lo sea, yo no tengo pan que comer. Ni lo mereces, replico el otro;
anda,
bribon, anda, miserable, y que no te vuelva yo a ver en mi vida.
Asomose en esto a la ventana la muger del ministro, y viendo a uno que
dudaba de que el papa fuera el ante-cristo, le tiro a la cabeza un
vaso lleno de.... iO cielos, a que excesos se entregan las damas por
zelo de la religion!

Uno que no habia sido bautizado, un buen anabantista, llamado
Santiago, testigo de la crueldad y la ignominia con que trataban a uno
de sus hermanos, a un ser bipedo y sin plumas, que tenia alma, se le
llevo a su casa, le limpio, le dio pan y cerbeza, y dos florines, y
ademas quiso ensenarle a trabajar en su fabrica de texidos de Persia,
que se hacen en Holanda. Candido, arrodillandose casi a sus plantas,
clamaba: Bien decia el maestro Panglos, que todo estaba perfectamente
en este mundo; porque infinitamente mas me enternece la mucha
generosidad de vm., que lo que me enojo la inhumanidad de aquel senor
de capa negra, y de su senora muger.

Yendo al otro dia de pasco se encontro con un pordiosero, cubierto de
lepra, los ojos casi ciegos, carcomida la punta de la nariz, la boca
tuerta, ennegrecidos los dientes, y el habla gangosa, atormentado de
una violenta tos, y que a cada esfuerzo escupia una muela.




CAPITULO IV.

_De que modo encontro Candido a su maestro de filosofia, el doctor
Panglos, y de lo que le acontecio._


Mas que a horror movido a compasion Candido le dio a este horroroso
pordiosero los dos florines que de su honrado anabautista Santiago
habia recibido. Mirole de hito en hito la fantasma, y vertiendo
lagrimas se le colgo al cuello. Zafose Candido asustado, y el
miserable dixo al otro miserable: iAy! ?con que no conoces a tu amado
maestro Panglos? ?Que oygo? ivm., mi amado maestro! ivm. en tan
horrible estado! ?Pues que desdicha le ha sucedido? ?porque no esta en
la mas hermosa de las granjas? ?que se ha hecho la senorita Cunegunda,
la perla de las doncellas, la obra maestra de la naturaleza? No puedo
alentar, dixo Panglos. Llevole sin tardanza Candido al pajar del
anabautista, le dio un mendrugo de pan; y quando hubo cobrado aliento
Panglos, le pregunto: ?Que es de Cunegunda? Es muerta, respondio el
otro. Desmayose Candido al oirlo, y su amigo le volvio a la vida con
un poco de vinagre malo que encontro acaso en el pajar. Abrio Candido
los ojos, y exclamo: iCunegunda muerta! Ha perfectisimo entre los
mundos, ?adonde estas? ?y de que enfermedad ha muerto? ?ha sido por
ventura de la pesadumbre de verme echar a patadas de la soberbia
quinta de su padre? No por cierto, dixo Panglos, sino de que unos
soldados bulgaros le sacaron las tripas, despues que la hubieron
violado hasta mas no poder, habiendo roto la mollera al senor baron
que la quiso defender. La senora baronesa fue hecha pedazos, mi pobre
alumno tratado lo mismo que su hermana, y en la granja no ha quedado
piedra sobre piedra, ni troxes, ni siquiera un carnero, ni una
gallina, ni un arbol; pero bien nos han vengado, porque lo mismo han
hecho los Abaros en una baronia inmediata que era de un senor bulgaro.

Desmayose otra vez Candido al oir este lamentable cuento; pero vuelto
en si, y habiendo dicho quanto tenia que decir, se informo de la causa
y efecto, y de la razon suficiente que en tan lastimosa situacion a
Panglos habia puesto. iAy! dixo el otro, el amor ha sido; el amor, el
consolador del humano linage, el conservador del universo, el alma de
todos los seres sensibles, el blando amor. Ha, dixo Candido, yo
tambien he conocido a ese amor, a ese arbitro de los corazones, a esa
alma de nuestra alma, que nunca me ha valido mas que un beso y veinte
patadas en el trasero. ?Como tan bella causa ha podido producir en vm.
tan abominables efectos? Respondiole Panglos en los terminos
siguientes: Ya conociste, amado Candido, a Paquita, aquella linda
doncella de nuestra ilustre baronesa; pues en sus brazos goce los
contentos celestiales, que han producido los infernales tormentos que
ves que me consumen: estaba podrida, y acaso ha muerto. Paquita debio
este don a un Franciscano instruidisimo, que habia averiguado el
origen de su achaque, porque se le habia dado una condesa vieja, la
qual le habia recibido de un capitan de caballeria, que le hubo de una
marquesa, a quien se le dio un page, que le cogio de un jesuita, el
qual, siendo novicio, le habia recibido en linea recta de uno de los
companeros de Cristobal Colon. Yo por mi no se le dare a nadie, porque
me voy a morir luego.

iO Panglos, exclamo Candido, que raro arbol de genealogia es ese! ?fue
acaso el diablo su primer tronco? No por cierto, replico aquel varon
eminente, que era indispensable cosa y necesario ingrediente del mas
excelente de los mundos; porque si no hubieran pegado a Colon en una
isla de America este mal que envenena el manantial de la generacion, y
que a veces estorba la misma generacion, y manifiestamente se opone al
principal blanco de naturaleza, no tuvieramos ni chocolate ni
cochinilla; y se ha de notar que hasta el dia de hoy es peculiar de
nosotros esta dolencia en este continente, no menos que la teologia
escolastica. Todavia no se ha introducido en la Turquia, en la India,
en la Persia, en la China, en Sian, ni en el Japon; pero razon hay
suficiente para que la padezcan dentro de algunos siglos. Mientras
tanto es bendicion de Dios lo que entre nosotros prospera, con
particularidad en los exercitos numerosos, que constan de honrados
ganapanes muy bien educados, los quales deciden la suerte de los
estados, y donde se puede afirmar con certeza, que quando pelean
treinta mil hombres en campal batalla contra un exercito igualmente
numeroso, hay cerca de veinte mil galicosos por una y otra parte.

Portentosa cosa es esa, dixo Candido, pero es preciso tratar de
curaros. ?Y como me he de curar, amiguito, dixo Panglos, si no tengo
un ochavo; y en todo este vasto globo a nadie sangran, ni le
administran una lavativa, sin que pague o que alguien pague por el?

Estas ultimas razones determinaron a Candido a irse a echar a los
pies de su caritativo anabautista Santiago, a quien pinto tan
tiernamente la situacion a que se via reducido su amigo, que no
dificulto el buen hombre en hospedar al doctor Panglos, y curarle a su
costa. Esta cura no costo a Panglos mas que un ojo y una oreja. Como
sabia escribir y contar con perfeccion, le hizo el anabautista su
tenedor de libros. Viendose precisado a cabo de dos meses a ir a
Lisboa para asuntos de su comercio, se embarco con sus dos filosofos.
Panglos le explicaba de que modo todas las cosas estaban
peifectisimamente, y Santiago no era de su parecer. Fuerza es, decia,
que hayan los hombres estragado algo la naturaleza, porque no
nacieron lobos, y se han convertido en lobos. Dios no les dio ni
canones de veinte y quatro, ni bayonetas, y ellos para destruirse han
fraguado bayonetas y canones. Tambien pudiera mentar las quiebras, y
la justicia que embarga los bienes de los fallidos para frustrar a los
acreedores. Todo eso era indispensable, replico el doctor tuerto, y de
los males individuales se compone el bien general; de suerte que
quanto mas males particulares hay, mejor esta el todo. Mientras estaba
argumentando, se obscurecio el cielo, soplaron furiosos los vientos de
los quatro angulos del mundo, y a vista del puerto de Lisboa fue
embutido el navio de la tormenta mas hermosa.




CAPITULO V.

_De una tormenta, un naufragio, y un terremoto. De los sucesos del
doctor Panglos, de Candido, y de Santiago el anabautista._


Sin fuerza y medio muertos la mitad de los pasageros con las
imponderables bascas que causa el balance de un navio en los nervios y
en todos los humores que en opuestas direcciones se agitan, ni aun
para temer el riesgo tenian animo: la otra mitad gritaba y rezaba;
estaban rasgadas las velas, las xarcias rotas, y abierta la nave:
quien podia trabajaba, nadie se entendia, y nadie mandaba. Algo
ayudaba a la faena el anabautista, que estaba sobre el combes, quando
un furioso marinero le pega un fiero embion, y le derriba en las
tablas; pero fue tanto el esfuerzo que al empujarle hizo, que se cayo
de cabeza fuera del navio, y se quedo colgado y agarrado de una
porcion del mastil roto. Acudio el buen Santiago a socorrerle, y le
ayudo a subir; pero con la fuerza que para ello hizo, se cayo en la
mar a vista del marinero que le dexo ahogarse, sin dignarse siquiera
de mirarle. Candido que se acerca, y ve a su bienhechor que viene un
instante sobre el agua, y que se hunde para siempre, se quiere tirar
tras de el al mar; pero le detiene el filosofo Panglos, demostrandole
que habia sido criada la cala de Lisboa con destino a que se ahogara
en ella el anabautista. Probandolo estaba _a priori_, quando se
abrio el navio, y todos perecieron, menos Panglos, Candido, y el
desalmado marinero que habia ahogado al virtuoso anabautista; que el
bribon salio a salvamento nadando hasta la orilla, donde aportaron
Candido y Panglos en una tabla.

Asi que se recobraron un poco del susto y el cansancio, se encaminaron
a Lisboa. Llevaban algun dinero, con el qual esperaban librarse del
hambre, despues de haberse zafado de la tormenta. Apenas pusieron los
pies en la ciudad, lamentandose de la muerte de su bien-hechor, la mar
embatio bramando el puerto, y arrebato quantos navios se hallaban en
el anclados; se cubrieron calles y plazas de torbellinos de llamas y
cenizas; hundianse las casas, caian los techos sobre los cimientos, y
los cimientos se dispersaban, y treinta mil moradores de todas edades
y sexos eran sepultados entre ruinas. El marinero tarareando y votando
decia: Algo ganaremos con esto. ?Qual puede ser la razon suficiente de
este fenomeno? decia Panglos; y Candido exclamaba: Este es el dia del
juicio final. El marinero se metio sin detenerse en medio de las
ruinas, arrostrando la muerte por buscar dinero, con el que encontro
se fue a emborrachar; y despues de haber dormido la borrachera,
compro los favores de la ramera que topo primero, y que se dio a el
entre las ruinas de los desplomados edificios, y en mitad de los
moribundos y los cadaveres, puesto que Panglos le tiraba de la casaca,
diciendole: Amigo, eso no es bien hecho, que es pecar contra la razon
universal, porque ahora no es ocasion de holgarse. Por vida del Padre
Eterno, respondio el otro, yo soy marinero, y nacido en Batavia;
quatro veces he pisado el crucifixo en quatro viages que tengo hechos
al Japon. Pues no vienes mal ahora con tu razon universal.

Candido, que la caida de unas piedras habia herido, tendido en el
suelo en mitad de la calle, y cubierto de ruinas, clamaba a Panglos:
iAy! traeme un poco de vino y aceyte, que me muero. Este temblor de
tierra, respondio Panglos, no es cosa nueva: el mismo azote sufrio
Lima anos pasados; las mismas causas producen los mismos efectos; sin
duda que hay una veta de azufre subterranea que va de Lisboa a Lima.
Verosimil cosa es, dixo Candido; pero, por Dios, un poco de aceyte y
vino. ?Como verosimil? replico el filosofo, pues yo sustentare que
esta demostrada. Candido perdio el sentido, y Panglos le llevo un
trago de agua de una fuente inmediata.

Habiendo hallado el siguiente dia algunos manjares metiendose por
entre los escombros, cobraron algunas fuerzas, y trabajaron luego, a
exemplo de los demas, en alivio de los habitantes que de la muerte se
habian librado. Algunos vecinos que habian socorrido les dieron la
menos mala comida que en tamano desastre se podia esperar: verdad es
que fue muy triste el banquete; los convidados banaban el pan en
llantos, pero Panglos los consolaba sustentando que no podian suceder
las cosas de otra manera; porque todo esto, decia, es lo mejor que
hay; porque si hay un volcan en Lisboa, no podia estar en otra parte;
porque no es posible que no esten las cosas donde estan; porque todo
esta bien.

Un hombrecito vestido de negro, familiar de la inquisicion, que junto
a el estaba sentado, interrumpio muy cortesmente, y le dixo: Sin duda,
caballero, que no cree vm. en el pecado original; porque, si todo esta
perfecto, no ha habido pecado ni castigo.

Perdoneme Vueselencia, le respondio con mas cortesia Panglos, porque
la caida del hombre y su maldicion hacian parte necesaria del mas
excelente de los mundos posibles. ?Segun eso este caballero no cree
que seamos libres? dixo el familiar. Otra vez ha de perdonar
Vueselencia, replico Panglos, porque puede subsistir la libertad con
la necesidad absoluta; porque era necesario que fueramos libres;
porque finalmente la voluntad determinada.... En medio de la frase
estaba Panglos, quando hizo el familiar una sena a su secretario que
le escanciaba vino de Porto o de Oporto.




CAPITULO VI.

_Del magnifico auto de fe que se hizo para que cesara el terremoto,
y de los doscientos azotes que pegaron a Candido._


Pasado el terremoto que habia destruido las tres quartas partes de
Lisboa, el mas eficaz medio que ocurrio a los sabios del pais para
precaver una total ruina, fue la fiesta de un soberbio auto de fe,
habiendo decidido la universidad de Coimbra que el espectaculo de unas
quantas personas quemadas a fuego lento con toda solemnidad es
infalible secreto para impedir los temblores de tierra. Habian sido
presos por tanto un Vizcayno que estaba convicto de haberse casado con
su comadre, y dos Portugueses que se habian comido un pollo un
viernes, y la olla sin tocino un sabado; y despues de comer se
llevaron atados al doctor Panglos y su discipulo Candido, al uno por
lo que habia dicho, y al otro por haberle escuchado con ademan de
aprobar lo que decia. Pusieronlos separados en unos aposentos muy
frescos, donde nunca incomodaba el sol, y de alli a ocho dias los
vistieron de un san-benito, y les engalanaron la cabeza con unas
mitras de papel: la coroza y el san-benito de Candido llevaban llamas
boca abaxo, y diablos sin garras ni rabo; pero los diablos de Panglos
tenian rabo y garras, y las llamas ardian hacia arriba. Asi vestidos
salieron en procesion, y oyeron un sermon muy tierno, al qual se
siguio una bellisima musica en fabordon. A Candido, mientras duro el
canto, le pegaron doscientos azotes a compas; al Vizcayno y a los dos
que habian comido la olla sin tocino los quemaron, y Panglos fue
ahorcado, aunque no era estilo. Aquel mismo dia, temblo la tierra con
un furor espantable.

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